Tomasini Bassols Alejandro - Explicando El Tractatus - Una Introduccion a La Primera Filosofia de Wittgenstein

September 15, 2017 | Author: Fernando De Gott | Category: Ludwig Wittgenstein, Logic, Proposition, Science, Truth
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Explicando el Tractatus Una introducción a la Primera Filosofía de Wittgenstein Alejandro Tomasini Bassols

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Señe Filoso Breve

EXPLICANDO EL TRACTATUS Una introducción a la Primera Filosofía de Wittgenstein A lejandro T omasini B assols

Serie Filosofía B r e v e s

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N E i

2011 CENTRO DE ESTUDIOS DE FILOSOFIA PROVINCIA DE SANTIAGO + BIBLIOTECA

© GRAMA ediciones, 2011. 25 de Mayo 790, PB F (1642) San Isidro - Pcia. de Buenos Aires Tel.: 4743-8766 • [email protected] http: //www.gramaediciones.com.ar © Alejandro Tomasini Bassols, 2011. Dirección de la Serie Filosofía: G lenda S atne

Tomasini Bassols, Alejandro Explicando el Tractatus : una introducción a la Primera Filosofía de Wittgenstein . - la ed. - Buenos Aires : Grama Ediciones, 2011. 148 p. ; 21x14 cm. ISBN 978-987-1649-37-2 1. Filosofia . I. Título CDD 190

Hecho el depósito que determina la ley 11.723 Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por medios gráficos, fotostáticos, electrónico o cualquier otro sin permiso del editor. Impreso en A rgentina

N o te llam es filósofo am bicioso, ni entre los ignorantes hables de las cuestiones im portantes. Don Francisco de Q uevedo y Villegas

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índice

2 3 141 ECHA

pBOCEO.

I) Introducción ...............................................................................

7

II) Ontologia Formal: hechos y objetos....................................

19

III) La Teoría Lógica del Lenguaje.............................................

37

IV) La Naturaleza de la Lógica..................................................

61

V) Matemáticas y Ciencia ..........................................................

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VI) Solipsismo y Valores .............................................................

105

VII) Misticismo Lógico ................................................................

125

VIII) Paradoja y Filosofía ............................................................

133

Bibliografía......................................................................................

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Introducción

& Sin duda alguna, el famoso libro Tractatus Logico-Philosophicus, de Ludwig Wittgenstein, es una de las más valiosas joyas de la filo­ sofía universal. Sintetiza de un modo único e inigualable un sinnú­ mero de cualidades que en múltiples ocasiones encontramos dise­ minadas en otras obras, pero ciertamente muy rara vez concentra­ das en una sola. Aunque escrito hace casi un siglo, el Tractatus sigue siendo un libro de vanguardia, pletórico de ideas a la vez novedo­ sas y atrevidas, de pensamientos radicales y profundos, filosófica­ mente ambicioso en grado sumo, con un programa claramente dis­ cernible y con objetivos perfectamente identificados, redactado en un estilo hermoso, único y resultado de un pensar que no se deja desviar de su objeto de investigación. Por ello, el Tractatus es tam­ bién un libro escrito con una gran pasión así como, hay que decir­ lo, una obra que en gran medida sigue siendo incomprendida. Frente a un libro como el descrito, el reto de quien aspira a explicar su contenido es obviamente mayúsculo. Me parece, por ello, que para que una faena así tenga visos de éxito es crucial fijar­ se de entrada objetivos concretos y alcanzables. Por lo pronto, puedo de inmediato señalar dos. Yo creo que cualquier exposición de las ideas del libro tiene que hacer de éste un texto, primero, con­ gruente y, segundo, inteligible. Y hay quizá un tercero, a saber, la exposición tiene que ser tal que el libro resulte también convincen­ te. Ahora bien, yo no tengo la menor duda de que el Tractatus cier­ tamente es todo eso, pero sé también que es un libro difícil, por lo que los objetivos en cuestión se alcanzan sólo si la presentación es nítida, si las reconstrucciones de los puntos de vista de Witt­ genstein resultan transparentes, si los argumentos que se ofrezcan se dejan seguir fácilmente y no son claramente falaces. Estas son condiciones que probablemente valgan para cualquier exposición 7

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de cualquier texto filosófico clásico y son importantes, pero se trata de condiciones, por así llamarlas, 'formales'. Aunque necesarias, no son suficientes. De ahí que, por lo menos en este caso, habría que añadir una más, una condición que concierne al contenido del libro. En efecto, dadas sus características, resulta imprescindible disponer de una interpretación general, de un hilo conductor para poder confirmar la congruencia de sus distintas partes, así como la inteligibilidad de multitud de pensamientos sueltos. La compren­ sión del Tractatus exige, así me lo parece, un marco heurístico den­ tro del cual se puedan posteriormente ir acumulando las explica­ ciones referentes a las diversas partes del texto. La pregunta es: ¿lo tenemos? Obviamente, uno de mis objetivos en este trabajo es proponer y defender un marco así y mi propuesta, mi hilo de Ariadna para poder salir victorioso de ese peculiar laberinto que es el Tractatus, es el siguiente: un poco a la manera de la filosofía cartesiana que se funda en dos grandes verdades, viz., 'pienso, luego existo' y 'Dios existe', la filosofía del Tractatus tiene dos grandes pilares, que no son dos verdades sino más bien dos enfoques, dos columnas sobre la cuales se erige el todo de la filosofía contenida en el libro: está, por una parte, lo que podría llamarse la 'perspectiva lógica', esto es, el estudio lógico de todo aquello de lo que Wittgenstein se ocupa (la realidad, el lenguaje, la ciencia, las matemáticas, los valores, etc.) y, por la otra, está el punto de vista de la primera persona. Ambos ele­ mentos exigen unas cuantas palabras a manera de aclaración. Que la filosofía del Tractatus es el paradigma de lo que podría­ mos denominar el 'enfoque lógico' es algo que se hace sentir en muchas de las formulaciones del texto, pero sobre todo conforma una perspectiva que, cuando se le adopta, permite dar cuenta satis­ factoriamente de cualquiera de los pronunciamientos relevantes del texto. Por ejemplo, en muchas ocasiones Wittgenstein emplea la expresión 'en lógica' cuando es evidente que no se está refiriendo a lo que normalmente nosotros llamamos 'lógica'. Por ejemplo, en 2.012 afirma: "En lógica nada es casual: si una cosa puede formar parte de un hecho simple, la posibilidad del hecho simple tiene que estar ya prejuzgada en la cosa".1 ¿Qué tiene que ver la lógica con los rasgos necesarios de los hechos y de los objetos? Prima facie

nada. Pero el pronunciamiento se aclara de inmediato si en lugar de "En lógica" decimos: "En el estudio lógico de la realidad...". Qué quiera decirse con esto es algo sobre lo que abundaremos más abajo, pero por el momento mi interés se reduce a ilustrar lo que es el enfoque lógico, puramente formal y abstracto, adoptado en el Tractatus: al hablar de los hechos y de los objetos, Wittgenstein no habla de clases de hechos u objetos, de (por así decirlo) hechos y objetos concretos, sino de los rasgos esenciales de cualquier cosa que quede identificada como hecho o como objeto. Un ejemplo nos será aquí útil. En 2.0121, Wittgenstein sostiene: "La lógica lidia con todas las posibilidades y todas las posibilidades son sus hechos".12 En la concepción estándar de la lógica, ésta básicamente se compo­ ne de cálculos, de sistemas formales, dentro de los cuales se efec­ túan deducciones y en relación con los cuales se prueban diversas propiedades. Pero obviamente no es de nada así de lo que aquí habla Wittgenstein. Aquí él claramente está vinculando el reino de lo lógico con el reino de lo factual, la lógica con la factualidad. O sea, Wittgenstein quiere decirnos algo acerca de la realidad cuando ésta es enfocada desde la perspectiva de la lógica, esto es, desde el punto de vista más abstracto posible. Ejemplos así podemos dar más, pero los que hemos proporcionado bastan como ilustración de nuestra tesis. Por otra parte, se puede argumentar también en favor del "enfoque lógico" si entramos en los detalles de la discusión wittgensteiniana. Las primeras secciones del libro son, una vez más, sumamente útiles a este respecto. Como se sabe, se han verti­ do toneladas de tinta tratando de mostrar que los objetos de los cuales se habla en el Tractatus son entidades ideales, trascendenta­ les, materiales, físicas, del sentido común, etc. Pero cualquiera de esas lecturas presupone que Wittgenstein efectivamente está tra­ tando de desarrollar una ontología, una teoría filosófica, una meta­ física. El problema con esto es que eso es precisamente lo que Wittgenstein explícitamente repudia. Por lo tanto, lecturas que preten­ dan concederle a los objetos del Tractatus alguna clase de sustancialidad no cumplen con uno de los requisitos fundamentales que nos auto-impusimos, a saber, el de hacer del libro un texto cohe­ rente. Por lo tanto, tenemos que rechazar toda tentación de ver en las primeras secciones del Tractatus una ontología, en el sentido tra­ dicional del término. El enfoque lógico por el que aquí abogamos,

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L. W ittgenstein , Tractatus Logico-Philosophicus (London: Routledge and Kegan Paul, 1958), 2.012. 8

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Ibid., 2.0121 (c).

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en cambio, no tiene ese inconveniente. En efecto, desde esta pers­ pectiva lo único que Wittgenstein hace es darnos los rasgos nece­ sarios de cualquier objeto posible, de la clase que sea (entendiendo por 'objeto', desde luego, el significado de un nombre, en el senti­ do del Tractatus). De hecho, como lo sugiere Max Black en su bien conocido texto,3 el título mismo nos da la pauta para captar su orientación general: ' Tractatus Logico-Philosophicus' quiere decir algo así como 'tratado de filosofía que tiene como base o funda­ mento a la lógica'. A reserva de ampliar la propuesta en los distin­ tos capítulos de este pequeño libro, creo que podemos sostener que, por lo menos a primera vista, la idea de un estudio puramen­ te formal de la realidad no sólo no es descabellada, sino que suena plausible. Pienso que lo mismo pasa con el segundo de los pilares men­ cionados. Como fácilmente puede constatarse, es precisamente porque lo que caracteriza al Tractatus es un enfoque puramente for­ mal que todo lo empírico cae fuera de su horizonte temático, que no es ni puede ser del interés de Wittgenstein qua filósofo. Ello explica por qué en el Tractatus no hay lugar ni siquiera para la teo­ ría del conocimiento (c/., 4.1121), mucho menos para consideracio­ nes de orden histórico, político o, más en general, social. Al deline­ ar su teoría del lenguaje, Wittgenstein no está pensando primera­ mente en la comunicación y en cómo explicarla. Lo único que está presente es el sujeto pensante. Es a partir de lo que la lógica per­ mite decir referente a la "experiencia inmediata" (enunciar sus con­ diciones, por ejemplo) que Wittgenstein habla del "y o ". Es intere­ sante enterarse de que Wittgenstein es uno de los pocos solipsistas consistentes que registra la historia de la filosofía. Naturalmente, como veremos, él defiende una versión particular (yo la llamaría 'sensata') de solipsismo, no la variante de solipsismo que parece más bien una tesis de enfermo mental y que de hecho nadie hace suya. Por una serie de razones que en su momento ofreceremos, la posición de Wittgenstein consiste más o menos en asumir que lo que él dice vale para todos, puesto que lo único que está haciendo es enunciar las condiciones lógicas o necesarias de la auto-concien­ cia, la experiencia, etc., y si bien es obvio que no todo mundo puede acometer semejante empresa, es decir, no todo mundo está 3

M. B lack , A Companion to Wittgenstein's Tractatus (Cambridge: Cambridge University Press, 1964), p. 23.

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Introducción

capacitado para dar expresión a dichas condiciones, ello no quiere decir que no se reconozca en lo que Wittgenstein asevera lo que uno hubiera querido decir si hubiera sabido cómo. Si de lo que Wittgenstein habla es ante todo de la lógica y desde una perspecti­ va lógica y, por otra parte, él es el microcosmos, entonces sí está jus­ tificado en pensar que él puede hablar en nombre de todos y para todos. Por otra parte, el solipsismo del Tractatus es importante por­ que está directamente vinculado con el tema general de lo que tiene un valor per se (moral y estético) y no meramente instrumental, v. Como intentaré hacer ver, lo que en este sentido Wittgenstein tiene que decir es totalmente novedoso a la vez que subyugante. Hablamos de lógica, por lo que algo tenemos que decir al res­ pecto a manera de presentación general. Por razones harto conoci­ das, es incuestionable que en el Tractatus Wittgenstein trabaja den­ tro del marco conformado por la lógica de Bertrand Russell. No obstante, su filosofía de la lógica ya no es russelliana, sino propia. Más aún: me atrevo a decir que la filosofía de la lógica constituye el núcleo, la parte medular o central de la filosofía del Tractatus. Como argumentaré en su momento, si algo es el Tractatus LogicoPhilosophicus es ser un libro de filosofía de la lógica. Todos los demás temas son subsidiarios a este. Por otra parte, si bien es cier­ to que Wittgenstein comparte algunos puntos de vista con sus ante­ cesores en esta área, esto es, con Frege y con Russell, y que de hecho presupone sus aportaciones, la filosofía wittgensteiniana de la lógica es mucho muy superior, mucho más rica y refinada que las de sus ilustres maestros. Como veremos posteriormente más en detalle, la posición de Wittgenstein es sumamente original y atrac­ tiva. Por ejemplo, él acepta la Teoría de las Descripciones de Russell, no así su Teoría de los Tipos Lógicos; hace suyos ciertos principios de la semántica de Frege (el principio contextual, por ejemplo), pero somete las posiciones de Frege a un feroz y destruc­ tor ataque.4 Wittgenstein defiende una posición absolutista, como sin duda Frege lo hizo, sólo que Wittgenstein es tan consistente en su concepción que la lleva hasta sus últimas consecuencias, desem­ bocando en una increíble paradoja, una paradoja insoluble en el marco de los presupuestos de la filosofía del Tractatus. Me refiero, claro está, a la paradoja expresada en 6.4 y que culmina en la doc4

Véase, por ejemplo, mi artículo "Frege y el Tractatus" en mi libro Estu­ dios sobre las Filosofías de Wittgenstein (México: Plaza y Valdés, 2003).

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Introducción

trina de lo indecible, de lo que no puede ser puesto en palabras, de lo inexpresable. Yo pienso que dicha paradoja tiene una clara expli­ cación, así como una solución, si bien (como espero hacer ver) hay un precio alto que pagar por ella. De esta temática nos ocuparemos en el último capítulo. Con lo que hemos dicho, disponemos de un cuadro sumamente general de la filosofía del Tractatus, pero que nos será muy útil tenerlo presente desde las primeras páginas. Entendemos ahora por qué en el libro hay una versión de atomismo lógico, por qué la así llamada 'Teoría Pictórica' en el fondo no es más que la teoría lógica del lenguaje, por qué la teoría de la verdad que Wittgenstein hace suya no es otra cosa que la teoría lógica de la verdad (transmutada en manos de A. Tarski en "teoría semántica de la verdad"), por qué lo que se nos ofrece es una teoría lógica de los números, y así suce­ sivamente. Sostengo, pues, que con mi propuesta de dos columnas, i.e., la de la lógica y la de la primera persona, el libro de Wittgenstein adquiere un perfil agudo, bien delineado, comprensible. Esto, obviamente, no es más que un marco general para los pensamien­ tos vertidos en el libro, un hilo conductor, como dije más arriba. Aunque ciertamente no tendría el menor sentido decir que lo que en el Tractatus Logico-Philosophicus se plasma es un sistema filo­ sófico, sí podemos afirmar que dicho libro contiene pronuncia­ mientos filosóficos decisivos sobre todos los temas que en él se abordan y de los cuales, se supone, habrá de emerger la visión correcta sobre ellos. El objetivo del libro está explícitamente enun­ ciado por el autor mismo: de lo que se trata es de mostrar que los problemas de la filosofía brotan de ciertas incomprensiones por parte de nosotros, los hablantes. Como argumentaré en su momen­ to, sencillamente no forma parte de la perspectiva de Wittgenstein defender la idea de que el lenguaje natural es, en algún sentido pro­ fundo o importante, esencialmente defectuoso. Al contrario, como oportunamente nos los recuerda, "De hecho así como están, todas las proposiciones de nuestro lenguaje usual están, desde un punto de vista lógico, totalmente en orden".5 Lo que con esto se nos está diciendo es, por lo menos en parte, que los problemas de compren­ sión que surgen no se deben a que nuestro lenguaje sea un instru­ mento mal construido, sino más bien a que está regido por reglas

tan difíciles de aprehender, tan elusivas, que o las desconocemos o las interpretamos mal, de manera que constantemente nos equivo­ camos respecto al significado real de lo que decimos. En última ins­ tancia, por lo tanto, el problema está en nuestra deficiente inteli­ gencia, no en el lenguaje natural mismo. En general, lo que se hace frente a nuestras dificultades conceptuales y de comprensión es tra­ tar de salir de ellas mediante la construcción de una teoría filosófi­ ca, según la clase de problema filosófico que uno enfrente (i.e., una metafísica para problemas de metafísica, una teoría del conoci­ miento para problemas epistemológicos, una ética para problemas morales, etc.). Ahora bien, es relativamente obvio que Wittgenstein habría sido palpablemente inconsistente si él se hubiera fijado a sí mismo una tarea semejante: si de entrada nos advierte que los pro­ blemas filosóficos son el resultado de incomprensiones, es obvio que lo más inapropiado para dar cuenta de ellos habría sido tratar de resolverlos mediante alguna teoría. No es, pues, teorización filo­ sófica lo que encontramos en el Tractatus. Al contrario: el impulso inicial de Wittgenstein está dirigido no ya hacia la construcción de una teoría, sino ante todo hacia la disolución de los problemas que enfrenta y al desmantelamiento de la problemática subyacente. Por consiguiente, podemos con relativa confianza sostener que una marca distintiva y contundente de incomprensión del texto y de las ambiciones de su autor sería pretender ver en los distintos bloques de proposiciones que componen el libro teorías, inclusive si se usa dicha palabra de la manera más vaga posible. Para decirlo de una vez por todas: el Tractatus no contiene teoría alguna. Lo que en él se nos da son en cambio elucidaciones y un conjunto de elucidaciones no es lo mismo que una teoría. Hay una cuestión importante que es no sólo inconveniente pre­ tender eludir, sino que de hecho es imposible hacerlo. Me refiero a la cuestión de la traducción al español del léxico wittgensteiniano. Hay en particular un término crucial que es indeseable y contra­ producente seguir manteniendo como en las tres versiones que se han hecho al español. Me refiero desde luego a la palabra 'Bild'. En inglés fue traducida como 'picture', lo cual, en mi opinión, no es incorrecto. En español, sin embargo, dicha palabra fue traducida como 'figura', la cual constituye una traducción lamentable, enga­ ñosa y hasta absurda. No hay nada en el Tractatus que pueda ser identificado como la 'teoría figurativa del lenguaje'. Si en general hay algo así como una teoría figurativa, podemos estar seguros de

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L. W ittgenstein , Tractatus Logico-Philosophicus (London: Routledge and Kegan Paul,1978), 5.5563 (a).

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que no es la de Wittgenstein. Aquí habría que preguntarse: ¿de dónde procede la idea misma de "Bild"? En realidad, el término mismo no es de Wittgenstein, sino de H. Hertz, de quien él lo tomó. Éste ofrece una caracterización muy clara de su idea en su libro.6 Ahora bien, una noción emparentada con "Bild" es la de modelo. De hecho, la teoría del lenguaje del Tractatus habría podido ser bau­ tizada 'teoría del modelo', pero como ya está en circulación la noción de "teoría de modelos" como una rama de la lógica mate­ mática estándar, dicha propuesta se prestaría a multitud de malen­ tendidos, por lo que resulta inviable. Independientemente de ello, lo que es innegable es que tenemos que encontrar una traducción alternativa a 'figura'. Como en otros escritos, aquí yo traduzco 'Bild' como 'retrato'. La idea es simplemente que las oraciones y los pensamientos son retratos de hechos. Como Wittgenstein mismo nos lo dice, "Es claro que percibimos una proposición de la forma 'aRb' como un retrato",7 en este caso como un "retrato lógico". En verdad, una idea equivalente y hasta quizá más exacta sería la de fotografía. Diríamos entonces que una oración es una fotografía lingüística de un hecho. Sin embargo, al igual que "modelo" la idea de "concepción fotográfica del lenguaje" probablemente generaría múltiples malentendidos que la idea de representación pictórica no acarrea consigo. De ahí que en este escrito hablaré de retratos de hechos, de relaciones pictóricas, de representación pictórica, etc. Otro término "técnico" importante del libro en relación con el cual me desvío de las traducciones existentes es 'Sachverhalt'. Como se sabe, éste ha sido traducido como 'hecho atómico' y como 'estado de cosas'. Las dos traducciones me parecen fallidas, más la segunda que la primera. El problema con la primera es que se trata obviamente de una expresión con fuertes reverberaciones russellianas. De hecho, es terminología de Russell. Por consiguiente, induce a pensar que los vínculos entre el atomismo lógico de Russell y el de Wittgenstein son más estrechos de lo que en reali­ dad son. Además, se le hace perder originalidad a Wittgenstein, aparte de que se le fuerza a hablar en una especie de jerigonza filo­ sófica que es lo más alejado de su modo natural de expresarse. El problema con la segunda traducción es que es obviamente artifi6 7

H. H ertz, The Principles of Mechanics (New York: Dover Publications, 1956). L. W ittgenstein , Tractatus, 4.012.

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dal, puesto que es un anglicismo descarnado. Nosotros, los hispa­ nohablantes, ciertamente empleamos la expresión 'estado de cosas', pero en general para hablar de circunstancias especiales. Se podría decir, por ejemplo: "yo llamo a eso un 'estado de cosas peli­ groso'". Frente a esas dos traducciones yo propongo la mía que es 'hecho simple'. Las virtudes de esta propuesta se manifestarán, espero, cuando abordemos los temas de ontologia. Mi convicción de arranque y que nos sirve de guía en nuestro estudio es, pues, que aunque en el Tractatus se contemplan temas v. de ontologia el libro no ofrece ninguna teoría ontològica, que si bien se tratan en él temas de ética el Tractatus no incorpora ningún sistema ético, y así sucesivamente. Y lo mismo, deseo sostener, pasa con el lenguaje: aunque es evidente que para Wittgenstein la refle­ xión sobre el lenguaje es filosóficamente primordial y que lo que al respecto tiene que decir es de primera importancia, el libro no com­ porta ninguna teoría del lenguaje, en algún sentido inteligible de 'teoría'. Una vez más, lo que sin duda Wittgenstein sí nos propor­ ciona es una serie de elucidaciones concernientes al lenguaje, pero ni mucho menos equivale ello a decir que nos proporciona una "teoría del lenguaje". En este punto parecería que estamos yendo abiertamente en contra no sólo de la literatura estándar sobre el tema sino, lo que es peor, en contra del sentido común. ¿Qué acaso la posición de Wittgenstein en el Tractatus frente al lenguaje no es conocida como 'Teoría Pictórica'?¿No es entonces descabellado ir en contra de una tradición fuertemente avalada hasta por los mejores exégetas del Tractatus? Pienso que no, pero entiendo que mi punto de vista está necesitado de una amplia y sólida justificación. Por mi parte, no tengo ya dudas respecto a que es factible elaborar dicha justifica­ ción, que es algo de lo que intentaré hacer ver en este libro. Antes de iniciar mi presentación de los puntos de vista de Wittgenstein, quisiera señalar que si bien es cierto que hay entre los estudiosos de Wittgenstein un acuerdo casi generalizado respecto al apelativo 'Teoría Pictórica', también lo es el que prevalece entre ellos toda clase de desacuerdos concernientes a los contenidos de la supuesta teoría. Son incontables las interpretaciones que se han avanzado, desde B. Russell y E P. Ramsey hasta N. Malcolm y Marie McGuinn, pasando por E. Anscombe, M. Black, J. Griffin, A. Maslow, H. Le Roy Finch, P. Hacker, G. Baker, R. Fogelin, D. Pears, B. F. McGuinness, J. Hintikka, G. G. Granger y J. Bouveresse, por no 15

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mencionar más que a algunos de los más conocidos y prominentes de los estudiosos del libro de Wittgenstein, pero de igual modo son incontables las preguntas que dejan sin responder, las contradic­ ciones en las que incurren, las tensiones a que dan lugar en relación con otras partes del libro, los huecos explicativos que dejan, las per­ plejidades que generan. De todo esto podría inferirse que la coinci­ dencia en cuanto al apelativo no garantiza que dicha coincidencia esté justificada y que corresponda realmente a lo que Wittgenstein quería decir. Es por eso que, en mi opinión, puede sostenerse con un alto grado de plausibilidad que, al igual que otras obras de Wittgenstein (Observaciones sobre los Colores, por ejemplo), el Tractatus Logico-Philosophicus sigue todavía siendo una obra en lo esencial incomprendida. Sin embargo, pienso también que, con todo el material acumulado desde hace más de medio siglo de exégesis y discusiones, contamos ya con los elementos para modificar drástica y definitivamente esta situación. En realidad, dicha situación no deja de ser altamente sorpren­ dente. Sin ser dogmáticos, me parece que se puede sostener que, independientemente de si en última instancia está equivocado o no, uno de los rasgos característicos del Tractatus es que es un libro esencialmente claro. La dificultad consiste básicamente en descifrar la terminología de la obra y en captar bien los objetivos del autor. En la literatura sobre el libro, multitud de filósofos se han solazado hablando del carácter "oracular" o "sibilino" del texto. A mí me parece que la verdad es exactamente al revés: una vez hechas las aclaraciones terminológicas relevantes, después de haber identifi­ cado debidamente las controversias en las que se inscriben los pen­ samientos de Wittgenstein (de preferencia teniendo siempre pre­ sente qué es lo que B. Russell sostiene en relación con los mismos temas), entonces los pronunciamientos de Wittgenstein resultan ser transparentes al grado de no generar por parte de los lectores otros comentarios que "Evidentemente", "No podría ser de otra mane­ ra", "Es obvio", etc. Cuando nos sentimos justificados en emitir comentarios así es porque el mensaje del libro fue efectivamente aprehendido. En este trabajo intento ofrecer tanto una visión panorámica de la filosofía del Tractatus como "discusiones concretas de proposi­ ciones concretas". Me objetivo fue hacer una presentación y efec­ tuar una reconstrucción en las que se combinaran explicaciones de tecnicismos con prosa fluida. Hay algunos temas de los que no me

ocupo, como por ejemplo la teoría lógica de la probabilidad que Wittgenstein esboza. No obstante, creo que el panorama que trans­ mito es casi completo y fiel al espíritu de esa nueva forma de pen­ sar que estaba empezando a tomar cuerpo. Espero haber hecho ver que efectivamente la filosofía wittgensteiniana recogida en el Tractatus Logico-Philosophicus es una filosofía potente y optimista, por más que en última instancia constituya una propuesta filosófi­ ca fallida. La filosofía del "joven" Wittgenstein termina, hay que decirlo, en un gran fracaso, pero algo que es muy interesante no »perder de vista es que su fracaso fue percibido ante todo por él mismo y que fue Wittgenstein mismo quien finalmente rechazó el producto de su primer modo de pensar para poner algo completa­ mente nuevo en su lugar. De manera que puede afirmarse que si Wittgenstein fue refutado lo fue sólo por Wittgenstein. Habiendo dicho eso y teniéndolo en mente, podemos ahora iniciar nuestro veloz recorrido por los dominios de la primera y formidable filo­ sofía de Ludwig Wittgenstein.

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Ontologia Formal: hechos y objetos

& I) Introducción Las primeras secciones del Tractatus, concretamente hasta 2.063, se ocupan de lo que comúnmente llamamos 'ontologia'. La ontolo­ gia es la teoría general del ser en cuanto tal y reviste la forma de una investigación acerca de lo que hay en el mundo y de lo que son sus características necesarias o esenciales. Ahora bien, si el criterio de interpretación que presentamos en la Introducción es acertado, a saber, que en el Tractatus no hay teorías filosóficas, esta es precisa­ mente la clase de investigación que no deberíamos ni siquiera espe­ rar encontrar en el libro. No sólo él mismo explícitamente la repu­ dia, sino que la lectura metafísica de las primeras secciones hace del texto un absurdo. No es por casualidad que en más de una oca­ sión Wittgenstein se exprese en un tono crítico y de rechazo de la metafísica y de la filosofía en general, por lo que atribuirle una teo­ ría de esa naturaleza es hacerlo declaradamente contradictorio. Eso es algo que no podemos aceptar. Por lo tanto, nuestra labor habrá de consistir en dar cuenta de las proposiciones que conforman la supuesta sección ontològica del Tractatus sin comprometer a Wittgenstein con una teoría filosófica acerca del mundo considera­ do como un todo. Una ontologia es un esquema general acerca de lo que hay, esto es, del material del mundo. A lo largo de la historia de la filosofía se han hecho las más variadas y extravagantes propuestas ontológicas. El mundo ha sido visto, por ejemplo, como exclusivamente material, como constituido por qualia, como compuesto por entida­ des materiales, mentales y lógicas, como conformado por dos rea­ lidades, una empírica y una ideal, como constituido por mónadas, por sense-data y universales, por ser de carácter mental, y así inde19

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O ntologìa

finidamente. Así, las ontologías tradicionales son construcciones semejantes a las teorías científicas sólo que inmensamente más abs­ tractas. La física, por ejemplo, que es la disciplina científica más general y abstracta, puede ocuparse de todos los objetos físicos del mundo, pero si además de éstos efectivamente hubiera entidades mentales o lógicas, la física ciertamente no podría dar cuenta de ellas. Por lo tanto, ni siquiera la ciencia más omniabarcadora podría generar una ontología que tenga visos de ser completa o exhaustiva. En cambio, las teorías filosóficas que versan sobre el mundo considerado como un todo sí pueden. Aunque establecidas de un modo totalmente diferente a las teorías científicas, las teorí­ as filosóficas (en este caso, de ontología) pretendan no obstante ser verdaderas en el mismo sentido en que lo son las teorías científicas y aspiran a darnos listas concretas de clases de entidades, clases de cosas con características discernibles, elementos reales que serían los elementos constitutivos de cualquier cosa realmente existente como una teoría científica aspira a darnos listas corroborables de hechos. Las ontologías son como una prolongación de las teorías científicas en la dirección de la generalidad y la abstracción. Y aquí el punto importante es el siguiente: por hablar del mundo como un todo, parecería que lo que Wittgenstein está proponiendo en las primeras secciones de su libro es una ontología en el sentido deli­ neado más arriba, pero eso es precisamente lo que no es el caso. Lo que Wittgenstein ofrece es más bien un esquema general para las ontologías, para cualquier ontología posible. Veamos, pues, cómo procede.

hechos. La respuesta es no sólo intuitivamente plausible, sino que se pueden fácilmente dar argumentos en su favor. Independien­ temente de cómo lo concibamos, lo que es claro es que, sea lo que sea, el mundo es aquello de lo que hablamos. El lenguaje no tiene otro tema posible que el mundo. Naturalmente, hablar es, en el sen­ tido filosóficamente relevante, describir aspectos del mundo, para lo cual necesitamos emplear oraciones. Ahora bien, lo que corres­ ponde a una oración es un hecho. Es por eso que Wittgenstein afir­ ma que "El mundo se divide en hechos".1 Wittgenstein usa dos nociones de hecho, designadas en alemán mediante 'Tatsache' y 'Sachverhalt'. ¿Está hablando Wittgenstein de dos clases diferentes de hechos? Claro que no! 'Tatsache' signi­ fica 'hecho', en tanto que 'Sachverhalten' significa algo como 'situación' o, mejor, como 'hecho simple', Afirma Wittgenstein: "Lo que acaece, el hecho [Tatscahe], es la existencia de los estados de cosas fSachverhalt]".2 Pero ¿por qué se necesitan dos nociones de hecho? Lo que pasa es que está involucrada en esta proposición una sutileza. La idea es la siguiente. Supongamos que alguien afir­ ma 'Es un hecho que México está en América'. Aplicando las cate­ gorías de Wittgenstein, aquí el hecho (Tatsache) es que se da un hecho simple (Sachverhalt), a saber, el hecho simple de que México está en América. No es que haya un hecho por una parte y un hecho simple por la otra y por consiguiente dos clases de hechos. Quizá se entienda mejor la posición de Wittgenstein si en lugar de decir "Es un hecho que México está en América' decimos algo equi­ valente, como "Es verdad que México está en América". La idea de hecho es como una de las dos caras de una moneda, siendo la otra la verdad. Pero la verdad, independientemente de cómo la com­ prendamos, no es lo mismo que un hecho simple. Un "Tatsache", por lo tanto, no es un hecho especial ni una combinación de hechos simples. Es una noción que sirve para indicar que un hecho simple existe o se da. Cuando hay hechos simples posibles que no se dan, entonces no tenemos "Tatsachen". Podemos inferir que es un error grave adscribirle al Tractatus la idea de que hay clases de hechos. Tenemos dos resultados interesantes: por una parte, Wittgen­ stein implícitamente está estableciendo una importante conexión

II) Ontología formal A) Hechos simples y objetos Quizá no estará de más empezar por señalar cuáles son, estric­ tamente hablando, las categorías ontológicas del Tractatus. Básicamente son dos, a saber, hecho (simple) y objeto. El mundo es aquello de lo que hablamos, aquello con lo que, por así decirlo, nos topamos, pero es obvio que "el mundo" es una abstracción. En la experiencia nosotros nos topamos con aspectos del mundo, con sus componentes, no con el mundo como una totalidad. Y ¿cuáles son los componentes del mundo? La respuesta de Wittgenstein es: los 20

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L. Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus (London: Routledge and Kegan Paul, 1974), 1.2. Ibid., 2.

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entre factualidad y verdad y, por la otra, promueve una visión del mundo como una totalidad de hechos simples existentes. El mundo es, en última instancia, la totalidad de los hechos simples que efectivamente se dan. Quizá una imagen pueda sernos aquí útil. Pensemos el mundo como una especie de tapete conformado por una red de cables con focos diseminados a lo largo y ancho del tapete en cuestión. Cada foco es un hecho simple. Obviamente, no todos los focos tienen por qué estar prendidos. Por ejemplo, siguiendo con nuestro ejemplo es un hecho simple que México está en Europa, pero es un hecho simple que no se da. El mundo está constituido por los hechos simples que sí se dan. Así, tendríamos una representación esquemática del mundo si tuviéramos ese tapiz de focos con todos los focos que corresponden a los hechos simples que se dan prendidos. Esa sería una forma de representar plástica­ mente la idea de que el mundo es la totalidad de los hechos sim­ ples. El asunto, sin embargo, no es, como veremos, tan sencillo, puesto que también tenemos hechos simples negativos verdaderos, como cuando decimos 'México no está en Europa'. Eso es verdad (o un hecho), pero ¿de qué clase de hecho se trata? No quisiera continuar sin comentar que los hechos simples no son cualitativamente jerarquizables o clasificables, en el sentido de que algunos sean intrínsecamente mejores o peores que otros. El mundo no contiene divisiones cualitativas. Los hechos en sí mis­ mos, como se nos dirá más tarde, no tienen valor. En este sentido, todos los hechos están, por así decirlo, al mismo nivel. Las clasifi­ caciones de hechos (y de objetos) aparecen sólo con el sujeto. Vimos que un hecho simple puede darse o no darse y ello depende de su configuración, pero si hablamos de "configuracio­ nes" estamos eo ipso dando a entender que el que un hecho sea sim­ ple no implica que en algún otro sentido que el factual no sea com­ plejo. La simplicidad del hecho significa simplemente que no es reducible a otros hechos más elementales, pero no que el hecho simple mismo no tenga componentes. Factualidad implica composicionalidad, por lo que simplicidad factual no puede implicar no composicionalidad. Los hechos, sean los que sean, se componen de objetos, sean éstos los que sean. Estamos ya en posición de enten­ der que lo que Wittgenstein está delineando en el fondo no es una ontología en el sentido tradicional. Lo que está afirmando es algo mucho más abstracto, a saber, que sea cuál la descripción de la rea­ lidad por la que nos inclinemos o, si se prefiere, sea cual sea la onto-

logia por la que optemos, cuando se quiera hablar del mundo lo que en última instancia se hará será describir hechos simples y mencionar objetos. O sea, a diferencia de los metafísicos tradicio­ nales, Wittgenstein no pretende hablar de hechos particulares ni de ninguna clase especial de objetos. Lo que realmente está diciendo es: desde la perspectiva de la lógica, el mundo se divide en hechos simples y los hechos se componen de objetos y así tiene que ser independientemente de cómo concibamos el mundo y sus objetos. En otras palabras, lo que Wittgenstein ofrece en el Tractatus no es Vruna ontología, sino más bien el esquema general que vale para cualquier ontología. Esto muestra por qué lo más absurdo que se puede preguntar es qué clase de cosas tenía en mente Wittgenstein al hablar de objetos, qué son los objetos del Tractatus. Lo único que ante una pregunta así él podría decir sería algo como: "No sé, eso dependerá de lo que se elija como nombres". La lógica, como nos lo dirá en diversas ocasiones, no puede anticiparse a su aplicación y dado que su aplicación es obviamente algo empírico, entonces la investigación acerca de la naturaleza de los objetos es una clase de investigación que cae fuera del marco de los intereses puramente lógicos del Tractatus. Los objetos, sean lo que sean y concíbaseles como se les conci­ ba, son la sustancia del mundo. Una vez más: el Tractatus no pre­ tende decirnos qué clase de objetos efectivamente hay, puesto que eso sería una labor empírica, por abstracta que fuera. Dado que el enfoque de Wittgenstein es puramente lógico, lo que sí tiene que proporcionamos son los rasgos que la lógica indica que tienen que tener los objetos, esto es, sus rasgos formales y necesarios. "Para conocer un objeto tengo que conocer no sus propiedades externas, sino todas sus propiedades internas".3 Las propiedades externas son propiedades contingentes, las genuinas propiedades que los objetos tienen. Las propiedades internas son las propiedades nece­ sarias, las que el objeto no puede no tener, puesto que son propie­ dades que la lógica indica que tiene. Y ¿cuáles son éstas? Wittgenstein menciona tres. Así, de acuerdo con él, desde el punto de vista de la lógica cualquier objeto (en el sentido de "sustancia del mundo") tiene que:

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a) formar parte de algún hecho simple 3

Ibid., 2.01231.

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b) ser lógicamente simple c) ser indestructible Lo primero significa que no podemos encontrar objetos sueltos, objetos que no tengan ninguna propiedad o que no mantengan alguna relación con otros objetos. No hay nada más absurdo que la idea de “bare particulars", de objetos simples desprovistos total­ mente de características. En este como en muchos otros casos, el argumento tiene su paralelo en el ámbito del lenguaje y a veces recurrir al argumento paralelo resulta sumamente ilustrativo. Es claro que las palabras se vuelven significativas sólo si son emplea­ das en oraciones, esto es, en conexión con otras palabras. Decir sim­ plemente 'Juan' no es decir nada. Tenemos que decir algo de Juan para que 'Juan' pueda volverse operacionalmente significativo. El decir algo, por lo tanto, no es un asunto que competa a palabras ais­ ladas, sino que presupone complejidad o composicionalidad, pues­ to que lo que decimos es verdadero o falso, esto es, el hecho simple puede darse o no darse. Por lo tanto, palabras sueltas no son signi­ ficativas, en el sentido de que no contribuyen a construir un retra­ to de un hecho, a decir algo. Aplicando este argumento al caso de los objetos y de los hechos, se infiere fácilmente que los objetos tie­ nen que formar parte de hechos, puesto que de lo contrario no serí­ an objetos ni pensados como tales. El segundo de los rasgos lógicos mencionados, esto es, la sim­ plicidad del objeto, se explica por el hecho de que el análisis lógico no puede extenderse ad infinitum. El análisis lógico es en primer término análisis proposicional, por lo que lo que se está afirmando es que el análisis de las proposiciones no puede extenderse indefi­ nidamente. La razón es obvia: por medio del análisis esclarecemos el significado, pero si este esclarecimiento se extiende al infinito, entonces simplemente no conocemos realmente el sentido de lo que aseveramos. Por lo tanto, lógicamente tiene que haber un punto final. Con lo que nos topamos ahí será, como veremos más en detalle en el próximo capítulo, con lo que Wittgenstein llamó 'proposiciones elementales'. Estas proposiciones apuntan a hechos simples y éstos se componen de objetos y el argumento es que si éstos a su vez fueran complejos, entonces el análisis tendría que proseguir y por lo tanto no habríamos llegado a las proposiciones elementales y a los hechos simples y, como consecuencia de ello no se habría esclarecido el sentido de la proposición analizada. Por 24

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consiguiente, sean lo que sea, los objetos, entendidos como el re­ ducto último del análisis y por ende como la sustancia del mundo, tienen que ser simples. Aquí se plantea un problema: ¿qué clase de simplicidad está aquí involucrada? Una dificultad puede surgir si nos dejamos llevar por asociaciones con lo que en ciertos contextos pasa por simplici­ dad, por ejemplo en química. Si así fuera, estaríamos automática­ mente tratando de pensar en entidades que son, por así decirlo, chi­ quitas, físicamente simples, pero estaríamos en un error porque eso dignificaría una vez más que le estaríamos adscribiendo a Wittgenstein aspiraciones metafísicas y nosotros ya nos desprendi­ mos de esa potencial interpretación. La simplicidad lógica que está aquí involucrada tiene ante todo una expresión lingüística. O sea, un universo U puede componerse de los objetos a, b, y c, pero yo podría tener una universo U' con objetos para los cuales dispusiera de los siguientes nombres: 'el rey de Troya', 'Cantinflas' y '*'. Yo estipulo que esos son mis nombres y por lo tanto que son, en mi len­ guaje, inanalizables. En ese universo los objetos así nombrados son los objetos que constituyen su sustancia. En otras palabras, el desi­ derátum de lo que es simple lo determinan los nombres puesto que, sean lo que sean, los objetos son lógicamente sus significados (refe­ rencias), a más de que no estamos efectuando ninguna clase de investigación empírica. No tiene, por lo tanto, el menor sentido que­ brarse la cabeza tratando de encontrar objetos que sean simples en un sentido (para emplear una muy útil expresión del propio Wittgenstein) "ultra-físico". En el Tractatus no se pretende investigar ni directa ni indirectamente la realidad, puesto que Wittgenstein no está haciendo ciencia y que la metafísica es repudiada. La noción de simplicidad, por lo tanto, aunque se aplica también al estudio lógi­ co de la realidad, es una noción que se asienta en consideraciones lingüísticas, que son las únicas que nos pueden guiar aquí. La cuestión del carácter indestructible de la sustancia es un tanto más compleja. De hecho puede abordarse desde diversas perspectivas. Por una parte, está la idea de que si no hubiera sus­ tancia, porque por ejemplo hubiera sido destruida, entonces nos habríamos quedado con signos carentes de significado, con pseudo-nombres, y por lo tanto no podríamos ni siquiera decir que la sustancia dejó de existir. En este sentido, Wittgenstein ofrece un argumento, famoso ya porque ha dado lugar a mucha labor de exégesis y controversias. El argumento es el siguiente: "Si el mundo no 25

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tuviera sustancia, el que una proposición tuviera sentido depende­ ría de que otra proposición fuera verdadera".4 ¿Qué es y qué tan acertado es lo que se nos está diciendo? Ha habido intentos por explicar el argumento relacionándolo con la Teoría de las Descripciones,5 pero la verdad es que la teoría de Russell no tiene nada que ver con esto. La idea es otra. La clave, me parece, está en lo que se nos dice en 5.526, en donde Wittgenstein afirma que "Se puede describir exhaustivamente el mundo mediante proposiciones completamente generalizadas, es decir, sin que previamente se hayan coordinado nombres con obje­ tos determinados. Así, para llegar al modo usual de expresarse, se tiene simple­ mente que decir, después de la expresión 'hay un y sólo un x tal que ...': y este x es a''.6 O sea, en principio, se podría elaborar la lista completa de enunciados verdaderos de la forma '(3x) Fx', '(3x)(3y) Fxy’, etc., etc., y tendríamos así una descripción del mundo verda­ dera y completa, aunque totalmente abstracta. Pero ¿cómo lograría esta descripción decirnos algo si el mundo no tuviera sustancia, es decir, si los nombres que pudieran servir para reemplazar a las variables carecieran de significado? Si no introdujéramos expresio­ nes de la forma 'Fa', entonces ¿qué significado podríamos conferir­ le a nuestros retratos puramente abstractos del mundo? O sea, si por carecer el mundo de sustancia 'Fa' no tuviera sentido, entonces ¿como podría tener sentido expresiones como '(3x) Fx'? Para que una expresión tuviera sentido, 'Fa' (o una expresión similar) ten­ dría que ser verdadera pero, y este es el problema: ¿por qué para que a una expresión legítima se le reconozca un sentido otra pro­ posición tiene que ser verdadera? El sentido de una proposición no puede depender de nada externo a ella, de lo que pase o no pase con otra proposición. O ella ya tiene un sentido, y entonces no depende de nada, o no lo tiene y entonces nada se lo puede pro­ porcionar. Y, obviamente, una consecuencia inevitable de que el mundo no tuviera sustancia sería simplemente que "En ese caso, sería imposible elaborar un retrato (verdadero o falso) del

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Ibid., 2.0211. Véase, por ejemplo, la explicación de E. G. M. Anscombe en su An Introduction to Wittgenstein's Tractatus" (London: Hutchinson Univewrsity Library, 1971), p. 49 i passim. L. Wittgenstein, op. cit.,

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mundo".7 En otras palabras: lo que garantiza la representación de la realidad es precisamente que el mundo tiene una forma fija y esta forma fija está dada por su sustancia, esto es, por sus objetos. "Es evidente", nos dice Wittgenstein, "que por muy diferente del mundo real que sea un mundo imaginado, de todos modos debe tener algo en común -una forma- con él".8 Y de inmediato añade: "Esta forma fija está constituida por los objetos".9 Así, pues, si el mundo no tuviera sustancia no tendríamos ni un concepto inteligi­ ble de mundo ni podríamos explicar la representación, mental o y. lingüística. Podemos, pues, concluir que efectivamente pertenencia a hechos, simplicidad y existencia necesaria son los rasgos lógicos de los objetos y que la pregunta '¿De qué clase de objetos estamos hablando?' simplemente carece en este contexto de sentido. En el Tractatus se hacen aseveraciones que a primera vista son contradictorias, pero tales que un mínimo de análisis permite entender que ello no es así. Dos afirmaciones aparentemente con­ flictivas son, por un lado, "Por decirlo de alguna manera: los obje­ tos no tienen color".10 y, por el otro, "Espacio, tiempo y color (cromaticidad) son formas de los objetos".11 No obstante, yo creo que puede mostrarse que en el fondo no hay aquí ningún conflicto. ¿Cómo se disuelve la aparente tensión? Parecería que hablar de "formas de los objetos" es aludir a propiedades formales de los objetos, es decir, a propiedades necesarias. En ese caso, lo que Wittgenstein estaría afirmando es que el mundo necesariamente tiene una estructura espacio-temporal coloreada, esto es, que no podríamos, no tendría sentido para nosotros hablar de objetos de los cuales no pudiéramos dar sus coordenadas espacio-temporales o adscribirles algún color (no hay objetos invisibles, por así decir­ lo). Esto, sin embargo, no anula o excluye lo que dice primero, por­ que lo que significa es simplemente que no tiene el menor sentido hablar de propiedades, primarias o secundarios, de los objetos con­ siderados en sí mismos, esto es, al margen de sus concatenaciones con otros, formando parte de hechos simples. Las propiedades, como lo es tener un color, aparecen con las proposiciones y por lo 7 8 9 10 11

Ibid., 2.0212. Ibid., 2.022. Ibid., 2.023. Ibid., 2.0232. Ibid., 2.0251

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tanto cuando ya tenemos un hecho constituido. Entonces es per­ fectamente viable afirmar que los objetos no tienen color y que el tener color (la cromaticidad) es una forma de los objetos.

empírico", pero entonces ¿de qué otra clase de conocimiento habla Wittgenstein? No puede tampoco tratarse de un conocimiento a priori, en el sentido tradicional de la expresión, puesto que lo que Wittgenstein hace no es metafísica. Ahora bien, Wittgenstein mismo da la pauta para salir de apuros y entender su pronunciamiento. Un poco más adelante, en efecto, nos dice: "Para conocer un objeto tengo que conocer no sus propiedades externas, sino todas sus pro­ piedades internas".14 La distinción que aquí nos ocupa es, por lo tanto, la distinción entre propiedades internas y externas. Consideremos primero las propiedades externas. Éstas son las auténticas propiedades de un objeto, esto es, las propiedades que puede tanto tener como no tener. Aquí la pregunta es: ¿cuándo podemos decir que mencionamos o nos referimos o aludimos a una cualidad o relación así? La respuesta es de carácter lingüístico: cuando lo que decimos es significativo y puede ser verdadero o falso. Por ejemplo, es una propiedad genuina de las personas ser mexicanas, puesto que tanto pueden ser mexicanas como no serlo. En cambio, nos las habernos con una propiedad o relación interna cuando la supuesta propiedad a la que aludimos no es una propie­ dad que el objeto no pueda no tener. Por ejemplo, no es una pro­ piedad de Juanito ser persona, porque no tiene el menor sentido decir de Juanito que no es o que podría no haber sido una persona. Cuando queremos expresar propiedades internas lo único que logramos decir es una trivialidad ('Juanito es una persona') o una contradicción ('Juanito no es una persona'). Ahora bien, curiosa­ mente lo que Wittgenstein sostiene es que hay una especie de cono­ cimiento que es el conocimiento de las propiedades y relaciones internas de un objeto. Pero ¿cómo puede haber una clase de cono­ cimiento que toma cuerpo o en proposiciones triviales (analíticas, tautológicas) o en contradicciones y absurdos? Lo que Wittgenstein tiene en mente es algo así como "conoci­ miento lógico", pero esta clase de conocimiento es en última ins­ tancia un conocimiento de carácter lingüístico. El problema para nosotros consiste en que estamos acostumbrados a ignorar pasos en nuestros procesos de pensamiento, lo cual tiene resultados desastrosos. Por ejemplo, parecería que si veo un perro automáti­ camente sé que ese perro puede ser carnívoro, manso, blanco, obe­ diente, etc., y también que no puede ser un número irracional, una

B) Propiedades y relaciones Un tema metafísico tradicional es el de la distinción entre obje­ tos (particulares), por una parte, y propiedades y relaciones, por la otra (universales). En el Tractatus el tratamiento del tema tiene varias aristas. Como veremos en otra capítulo, para Wittgenstein tanto los nombres propios y las descripciones son "nombres" como los son las expresiones para propiedades y relaciones. La diferen­ cia está en el modo de simbolizar, pero en ambos casos nos las habernos con nombres y, por ende, con objetos. Ese es un tema sobre el que regresaremos. Otro tema importante, que también con­ sideraremos más detenidamente en otro capítulo, es el de las pro­ piedades y relaciones internas. Este es un tema que proviene direc­ tamente de las discusiones de G. E. Moore y Bertrand Russell con filósofos idealistas de la época, en particular con F. H. Bradley. Nosotros, como era de esperarse, por el momento nos ocuparemos del tema de las propiedades y relaciones exclusivamente desde la perspectiva de la lógica. Para hablar de propiedades y relaciones Wittgenstein recurre al concepto de conocimiento, pero su utilización de inmediato deja ver que está haciendo una aplicación un tanto especial de él. Afirma, por ejemplo, que "Si conozco un objeto, entonces conozco también la totalidad de sus posibilidades de formar parte de hechos sim­ ples".12 Cuando uno "conoce" un objeto, uno ya sabe en qué clase de combinaciones con otros objetos puede entrar y en cuáles otras no. Hay quien ha visto en esta forma de conocimiento algo pareci­ do o lo mismo que Russell denominó "conocimiento directo" (knowledge by acquaintance).13 Yo pienso que esta lectura es errada, por la sencilla razón de que hace del Tractatus un texto de filiación empirista y eso es lo más alejado del proyecto puramente lógico de Wittgenstein. "Conocimiento" aquí no puede ser "conocimiento

12 lbid., 2.0123. 13 Noman Malcolm, por ejemplo, defiende esta interpretación en su estu­ pendo libro Nothing is Hidden (Oxford, Basil Blackwell, 1986).

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14 L. Wittgenstein, op. cit., 2.01231

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conectiva lógica o una estrella. Pero ¿qué clase de conocimiento es esto último? No es el perro mismo lo que me permite inferir eso, sino es el perro previamente nombrado y, por lo tanto, conceptualizado. La idea es la siguiente: si yo tengo el nombre 'perro', enton­ ces yo dispongo también de una serie de predicados que puedo adscribirle o no, según el caso. Yo sé de entrada qué clase de afir­ maciones puedo significativamente hacer sobre él y qué clase de expresiones serían simplemente absurdas. Al yo saber eso conozco sus propiedades internas y, como bien dice Wittgenstein, este cono­ cimiento no es el resultado de un proceso, una idea de algo que uno poco a poco va construyendo, etc. Si yo tengo un nombre, conozco su significado y si conozco su significado sé en qué combinaciones de nombres puede entrar y en cuáles no. En palabras de Wittgens­ tein: "Si conozco un objeto, entonces conozco también la totalidad de sus posibilidades de formar parte de hechos simples. (Cada una de dichas posibilidades tiene ya que estar inscrita en la naturaleza del objeto). No se puede posteriormente encontrar una nueva posibili­ dad".15 Esto es claro: no es posible que uno sepa que algo es una silla y venir a descubrir posteriormente que esa silla no puede ser un ani­ mal. Eso lo sabe uno de antemano, a priori. Esto se expresa dicien­ do que se conocen las propiedades internas de la silla, pero en rea­ lidad ello no es más que la expresión del conocimiento de los ras­ gos constitutivos del concepto de silla. Las propiedades internas o necesarios expresan los rasgos lógicos del objeto del que se hable. Por lo tanto, hablar del conocimiento de las propiedades internas de un objeto no es hablar en sentido estricto de un conocimiento genuino, sino más bien de las condiciones necesarias para la expre­ sión del conocimiento. Que tanto las propiedades y las relaciones como las cosas de las que se predican sean todas ellas objetos le permite a Wittgenstein salir airoso de diversos problemas metafísicos clásicos, como los que tuvieron que enfrentar Bradley y Russell. Para Bradley era prácticamente imposible eludir el argumento platónico-aristotélico del "tercer hombre", esto es, era imposible explicar la conexión entre un universal y un particular. Russell trató de resolver el enig­ ma mediante su Teoría de los Tipos, pero en realidad su posición 15 Ibid., 2.0123

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tampoco representa una salida aceptable, puesto que no se resuel­ ve ningún problema sólo porque caractericemos con más precisión lógica a las propiedades y las relaciones. De todos modos sigue vigente la cuestión de cómo se vincula la relación ser padre de con el padre de, e.g,. Napoleón. El que digamos que la relación "ser padre de" es un universal, una "entidad" de tipo lógico diferente al del padre de Napoleón no nos resuelve ni nos aclara nada. ¿Cuál es la posición de Wittgenstein en relación con esta espinosa temática? Una vez más, el paralelismo que se da entre las consideraciones acerca de la realidad y las consideraciones acerca del lenguaje per­ mite aprehender mejor lo que Wittgenstein propone. Así, en 4.031 afirma: "Un nombre está en lugar de una cosa, otro en lugar de otra cosa y así se unen, y el todo -como un cuadro vivo- presenta un hecho simple".16 Lo mismo pasa, mutatis mutandis, con los hechos simples: los objetos se conectan unos con otros de manera natural y lo hacen sin requerir, como en el caso de Bradley, intermediarios: "En un hecho simple, los objetos encajan unos con otros, como los esla­ bones de una cadena".17 Wittgenstein mismo le aclara en una carta al primer traductor del Tractatus, viz., C. K. Ogden, la idea que quie­ re transmitir: "El significado es que no hay nada tercero que conecte los vínculos [links], sino que los vínculos mismos hacen conexión entre sí".18 El problema es obvio: si se requiere de algo tercero, se cae auto­ máticamente en un regreso al infinito. En la medida en que todos los objetos son del mismo tipo lógico y que la diferencia entre los nom­ bres de cosas y los nombres de propiedades y relaciones radica bási­ camente en el modo de simbolizar, el problema se desvanece. ¿Cómo identificamos o cómo distinguimos un objeto de otro? Por las propiedades y relaciones genuinas que podamos adscribir­ les mas no, y esto es importante, por su forma lógica, por las pro­ piedades y relaciones formales, esto es, necesarias o lógicas, que lo constituyen, porque éstas pueden ser las mismas para diversos objetos. "Dejando de lado sus propiedades externas, dos objetos que tengan la misma forma lógica se diferencian entre sí sólo por­ que son diferentes".19 Aquí parecería que Wittgenstein está admi­ tiendo que en principio podríamos nosotros distinguir dos objetos 16 Ibid., 4.0311. 17 Ibid., 2.03. 18 L. Wittgenstein, Letters to C. K. Ogden (Oxford, Basil Blackwell, 1973), p. 23. 19 Ibid., 2.0233

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solo numero, pero eso es una lectura absurda del texto, por una sen­ cilla razón: ello sería factible sólo si nosotros tuviéramos un acceso cognitivo a los objetos con total independencia de sus cualidades y relaciones. Pero nosotros sabemos que eso no es el caso: siempre que nos refiramos a un objeto, que lo nombremos, será porque ya forma parte de un hecho, ya no es un objeto en (por así decirlo) estado puro. De ahí que lo que Wittgenstein está afirmando sea jus­ tamente que la mera forma lógica de los objetos no basta para iden­ tificar o diferenciar objetos. Eso lo hacemos vía sus propiedades y relaciones. No distinguimos dos manchas o dos sonidos qua man­ chas o sonidos, sino por su intensidad, saturación, tono, etc. "Una mancha en el campo visual puede no ser roja, pero tiene que tener algún color; tiene que estar, por así decirlo, inmersa en el espacio del color. El tono tiene que tener alguna altura, el objeto del tacto alguna dureza, etc.".20 Y lo que vale para manchas y sonidos vale para objetos materiales por igual.

sobrio como el Tractatus ¿podría realmente dar cabida a cosas tan extrañas como "hechos negativos"? La respuesta, tanto en un plano intuitivo como en uno de argu­ mentación y fundamentación, es que obviamente no es ese el caso. El asunto es primeramente lingüístico, pero si no se aclara se vuel­ ve metafísico. Que las hechos sean contingentes significa que tienen siempre dos posibilidades: darse o no darse, y esto a su vez signifi­ ca que es esencial a las proposiciones que puedan ser tanto verda­ deras como falsas. Por lo tanto, es esencial a las proposiciones que sean contingentes. Pero el que una proposición negativa sea verda­ dera no quiere decir que hay un hecho raro que la hace verdadera. Esto último no está implicado. En este punto es sumamente ilustra­ tiva la anécdota que cuenta Russell de una polémica con Wittgenstein en clase durante la cual Russell asevera que es un hecho que no hay hipopótamos en el salón, algo que Wittgenstein niega. Prima facie, la posición de Wittgenstein es insostenible, pero si la examinamos rápidamente nos daremos cuenta de que es bastan­ te sensata. Su punto de vista es que no se sigue de que el que la pro­ posición 'no hay un hipopótamos en el salón' sea verdadera que sea verdadera en virtud de un hecho especial, el hecho que no haber hipopótamos en el salón, sino de todos los hechos simples relevan­ tes que sí se dan. Porque preguntémonos: ¿qué clase de realidad podría tener un hecho que no se da? ¿Cómo podría haber un hecho de no existencia? Aquí el error de Russell parece consistir en sim­ plemente borrar toda diferencia entre los conceptos "verdad" y "hecho". Que hay una conexión necesaria entre ellos es una cosa, que sean idénticos otra. Wittgenstein, sensatamente en mi opinión, acepta lo primero mas no lo segundo. Desde su punto de vista, el que sea un hecho que Sócrates es griego ya anula que sea francés, chino, mexicano, etc. Es altamente probable que esta idea entre en conflicto con su concepción de proposición elemental y de hecho simple, que es lo que él sostiene: "La totalidad de los hechos simples existentes determina [énfasis mío. ATB] también qué hechos sim­ ples no son existentes".22 Por ello, dado el carácter bipolar de las proposiciones, tenemos la posibilidad de enunciar verdades negan­ do proposiciones, pero eso no implica que dichas proposiciones sean verdaderas por referencia a hechos, como pasa en el caso de las proposiciones elementales afirmativas que son verdaderas.

C) Hechos negativos, mundo y realidad Nuestro cuadro general es el siguiente: el mundo es una totali­ dad de hechos simples que se dan y estos hechos están compuestos de objetos. Los hechos pueden cambiar, pero los objetos están fijos puesto que, como vimos, el mundo tiene que tener una sustancia, esto es, algo que le da forma y permanencia. Hay, no obstante, un problema: es un hecho que se da el hecho simple Napoleón era corso, pero también es un hecho que el hecho simple Napoleón era griego no se da. De igual modo, el hecho simple Sócrates vive en México no se da, en tanto que parecería que el hecho Sócrates no vive en México sí se da, puesto que es verdad que Sócrates no vive en México. Lo que quiero señalar es: hay proposiciones atómicas negadas que son verdaderas.21 Pero parecería seguirse de ello que hay hechos nega­ tivos, en el mismo sentido en que los hay, por así llamarlos, 'posi­ tivos'. Hechos negativos serían como hechos de carencia, de ausen­ cia, como sombras de hechos. Pero un libro tan parsimonioso y tan 20 Ibid., 2.0131 (b). 21 No voy a polemizar con la idea de que si ya aparece una conectiva lógi­ ca, entonces lo que tenemos es una proposición molecular. Esto es una cuestión puramente terminológica y estipulativa, carente por comple­ to de interés filosófico.

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22 L. Wittgenstein, Tractatus, 2.05

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Lo anterior está relacionado con una dicotomía conceptual un tanto problemática que Wittgenstein utiliza. Me refiero a dos nocio­ nes que a primera vista son equivalentes, pero que en el fondo no lo son: las nociones de mundo y de realidad. Lo primero que hay que descartar es la idea de que hay por una parte el mundo y por otra la realidad. Más bien, se habla de lo mismo sólo que en rela­ ción con cosas diferentes o desde perspectivas diferentes. Conside­ remos primero el mundo. "El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas". Ya vimos por qué es ello así; si queremos hablar del mundo, tenemos que decir algo acerca de él, pero decir algo acerca de él requiere que se usen oraciones y a lo que las oraciones apuntan es a hechos, no a cosas, las cuales siempre aparecen en combinaciones con otras. Empero, esos hechos de los que se habla son la totalidad de los hechos simples que efectivamente se dan. No obstante, tendríamos que incluir los "hechos" a que apuntan las proposiciones elementales negativas que son verdaderas, puesto que decimos cosas como "Es un hecho que Sócrates no era chino", aunque no haya tal cosas como el no ser chino de Sócrates, sino sola­ mente su ser griego. Los hechos negativos también constituyen una totalidad, más grande inclusive que la totalidad de los hechos sim­ ples que sí se dan, puesto que, por ejemplo, el que Juárez haya sido mexicano excluye que haya sido peruano, italiano, rumano, etc. O sea, un solo hecho simple excluye a una multitud de otros. Ahora bien, cuando unimos las dos totalidades, esto es, la de los hechos simples enunciados por proposiciones elementales verdaderas y la de los hechos negativos enunciados por proposiciones elementales negadas que son verdaderas, lo que tenemos es la realidad. Como dice Wittgenstein, "La existencia y la no existencia de los hechos simples es la realidad".23 Lo que nos deja un tanto perplejos es que él mismo parezca no respetar el uso sus propias categorías, puesto que termina las "secciones ontológicas" diciendo "La realidad total es el mundo".24 Aquí parecería que "mundo" abarca más de lo que abarca "realidad", pero puede producirse una confusión sólo si no se toman en cuenta los requisitos de exposición y el hecho de que en el fondo al hablar del mundo y de la realidad no se está hablan­ do de dos "cosas" distintas. Si digo "Es un hecho que Nueva York no es la capital de Francia", lo que estoy indicando es que el hecho 23 Ibid., 2.06 (a). 24 Ibid., 2.063.

simple "Nueva York es la capital de Francia" no se da, no que esté yo apuntando a un hecho raro que sería el no darse de Nueva York como capital de Francia. "Mundo" y "realidad" son simplemente dos formas de hablar de lo mismo, esto es, de la totalidad de lo que acaece, pero se trata de formas que tienen una utilidad y connota­ ciones diferentes.

III) Tensiones Si hemos de ser coherentes habremos de decir que lo que Wittgenstein esboza en las primeras secciones del Tractatus dista mucho de ser una ontologia, sino que es más bien el esquema al que se tiene que ajustar cualquier ontologia que se proponga. Sea lo que sea que alguien elija como material último del mundo, lo que ten­ drá que hacer será darnos hechos en los que dicho material es de uno u otra manera nombrado. El material ontològico puede ser de lo más variado pero, sea el que fuere, de todos modos lo que ten­ dremos serán objetos (la sustancia de ese universo) conformando hechos simples. El tratamiento wittgensteiniano es ciertamente sub­ yugante. No obstante, está no sólo expuesto a objeciones externas, como lo deja bien en claro la feroz crítica que el propio Wittgenstein desarrollará algunos lustros después en las Investigaciones Füosóficas, sino que internamente genera tensiones que en ocasiones dan la impresión de ser contradicciones insolubles. Por nuestra parte, podemos señalar a por lo menos un problema delicado en relación con la ontologia formal y factual del Tractatus. Es cierto que no hemos explicado todavía la idea de proposición elemental, pero por el momento nos serviremos de ella pues nos bas­ tará con entender que lógicamente cualquier lenguaje imaginable tiene que tener proposiciones simples, proposiciones inanalizables o últimas a partir de las cuales se puedan construir otras, más com­ plejas. Ahora bien, un rasgo fundamental de proposiciones así es su independencia lógica, esto es, el que su valor de verdad sea total­ mente {le., lógicamente) independiente del de cualquier otra propo­ sición. En el terreno ontològico, lo que eso significa es lo que el pro­ pio Wittgenstein dice: "De la existencia o no existencia de un hecho simple no se puede inferir la existencia o no existencia de otro".25 El 25 Ibid., 2.062.

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problema es que él sostiene también otra cosa, a saber, que "La tota­ lidad de los hechos simples existentes determina [énfasis mío. ATB] también qué hechos simples no son existentes".26 Estos dos pronun­ ciamientos son difícilmente compatibles. De hecho, aquí está prefi­ gurado el problema que posteriormente Wittgenstein detectará en relación con los colores, esto es, que las adscripciones de colores, las cuales parecen ser de las más simples que encontramos en el len­ guaje natural, no cumplen con el requisito de independencia lógica que exige la concepción lógica de las proposiciones. Si el que se dé el hecho Fa "determina" que no se dan las hechos Fb, Fe, etc., eso sig­ nifica que puedo i n f e r i r F b ' , F e ' , etc., a partir de 'Fa'. Lo que esto indica es simplemente, primero, que el atomismo lógico radical de Wittgenstein es insostenible y, segundo y más importante aún, que toda la concepción de las relaciones entre la lógica y el lenguaje están mal pensadas. El trabajo de desmantelamiento de dicha concepción es algo que Wittgenstein realizará posteriormente.

IV) Consideraciones finales Lo que hemos presentado es la concepción lógica de la realidad, la cual en un sentido no es una concepción en lo absoluto. Se trata más bien de la enunciación de los requisitos que tiene que satisfa­ cer cualquier construcción filosófica que aspire a presentarse como una ontologia. En realidad, si nos fijamos bien lo que Wittgenstein está haciendo es mostrarnos que las ontologías en el sentido tradi­ cional en realidad son el resultado de programas de investigación absurdos. La ontologia de la física cuántica no es la misma que la ontologia de la física clásica y no parece tener mucho sentido tratar de determinar cuál es la verdadera. Cuál sea nuestra ontologia dependerá de qué aceptemos como nombres. A lo más que se podría aspirar sería a estipular que sólo cierta clase de expresiones van a tener el status de nombres, pero eso es algo que claramente no se puede determinar así, sino sólo con la experiencia. Lo único que sabemos a priori es cómo tendrá que tomar cuerpo la ontologia por la que optemos, si pensamos que hay que elegir una, y cómo habrá de expresarse. Esa es la lección ontològica del Tractatus.

26 Ibid., 2.05. 36

La Teoría Lógica del Lenguaje

§

I) La perspectiva lógica El Tractatus es un libro en el que las divisiones entre proposicio­ nes están dadas numéricamente, esto es, secuencialmente, y por lo tanto no contiene divisiones formalmente trazadas. Es de entrada imposible no sentir que su redacción tuvo que haber sido el resul­ tado de un esfuerzo hercúleo de pensamiento. Las proposiciones del libro conforman grupos más o menos discernibles, pero salvo en algunos casos realmente claros no ordena al libro ninguna divi­ sión obvia. Quizá podamos con confianza afirmar, siguiendo a Russell, que en 2.1 empieza la "teoría del simbolismo", pero en dónde termine ésta es prácticamente imposible de decir. En parte precisamente debido a las complicaciones generadas por un estilo único (y que en mi opinión, contrariamente a lo que muchos pien­ san, invita a ser imitado), la "teoría del simbolismo" puede ser entendida de muy diverso modo. Por ejemplo, en relación con la supuesta teoría del lenguaje postulada en el libro, se ha visto en ella una teoría acerca de lo que sería un lenguaje lógicamente perfecto, un lenguaje ideal, esto es, un lenguaje regido por la sintaxis lógica, pero también se ha visto en él la teoría de lo que está implícito en el lenguaje natural y, en verdad, una teoría acerca del lenguaje natural mismo. Dada las peculiaridades del estilo de escribir de Wittgenstein, podemos asegurar de entrada que prácticamente cualquier interpretación podrá encontrar apoyo en una u otra de las proposiciones del libro, a condición claro está de que se les con­ sidere en forma aislada. Pero, obviamente, no es a eso a lo que debemos aspirar. Lo peor que se puede hacer en relación con el Tractatus es considerar proposiciones o inclusive secciones en forma inconexa, elaborar una interpretación sobre la base de tres o 37

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cuatro proposiciones que versen sobre el tema que nos ocupa olvi­ dándonos del resto. Es precisamente por no disponer de la pers­ pectiva correcta respecto al todo del libro que lo único que se pue­ den generar son, en el peor sentido del término, meras "interpreta­ ciones" del texto y uno de los problemas más tangibles con lectu­ ras así es que siempre desembocan en el misterio, en las contradic­ ciones, en "explicaciones" increíbles e insostenibles. Tenemos, pues, que encontrar el modo de deslindarnos de dicho proceder. La importancia de la lectura correcta del Tractatus se manifiesta de muchas maneras. Una de ellas es que vuelve redundantes cier­ tos dilemas interpretativos clásicos. Por ejemplo, hay quienes con no malos argumentos han sostenido que la columna vertebral del libro está dada precisamente por la Teoría Pictórica, en tanto que hay otros exégetas que han apuntado que la ontología factual es lo fundamental. Formulada de manera escueta, la pregunta es: ¿qué tiene prioridad: el mundo o el lenguaje, los objetos o las palabras, los hechos simples o las proposiciones elementales? Planteado de esa manera, el problema (si lo es) no tiene solución. Y si un proble­ ma así no tiene solución, lo más probable es que la reconstrucción que permite que el dilema se plantee sea errada. Por eso nuestra labor se inició con la búsqueda de lo que sería la perspectiva correcta. Pero ¿hay tal cosa? Ya desde las primeras páginas di una respuesta afirmativa a esa pregunta y señalé que el título mismo del libro nos da una indica­ ción precisa de cuál es la interpretación deseada (tratado de filoso­ fía que tiene como fundamento a la lógica). Vimos también que cuando hablamos de lógica en este contexto lo único que podemos tener en mente es el lenguaje de la lógica clásica o, si se prefiere, russelliana, puesto que es en el marco de la lógica de Russell que Wittgenstein trabaja. La idea es, por consiguiente, que el único guía aceptable en la lectura del Tractatus es la investigación del simbolis­ mo de la lógica estándar, esto es, del cálculo proposicional y del cál­ culo de predicados de primer orden (la teoría general de la cuantificación). Obviamente, la lógica en el Tractatus dista mucho de ser concebida como Wittgenstein la concebiría 20 años después, esto es, básicamente como un montón de cálculos. Como veremos en el capítulo dedicado a la lógica, en el Tractatus la lógica tiene una rea­ lidad inexpresable y es lo que, por sí decirlo, estructura tanto la rea­ lidad como el lenguaje y el pensamiento. Por eso en el Tractatus la lógica es siempre la lógica de la realidad y la lógica del lenguaje. 38

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Esto hace ver que el dilema de qué tiene prioridad filosófica, si el lenguaje o el pensamiento o el mundo, es una pseudo-dificultad: por razones expositivas, Wittgenstein inició su texto con considera­ ciones de orden ontològico y pasó de éstas a las relativas al simbo­ lismo en general y el lenguaje en particular. Pero desde nuestro punto de vista el orden de exposición es contingente, es decir, Wittgenstein habría podido perfectamente bien proceder al revés, esto es, haber empezado con consideraciones acerca del simbolis­ mo, el lenguaje, la representación, el pensamiento, etc., y de allí pasar a los temas de ontología. Es por eso que el Tractatus es un auténtico hipertexto, pero esta característica se explica sólo porque la plataforma fundamental del libro lo proporciona algo que no es ni el lenguaje ni la realidad y que podríamos llamar la 'perspectiva lógica'. Lo anterior tiene consecuencias nada desdeñables. Si entende­ mos que literalmente la lógica (en el sentido de 'lenguaje canónico de la lógica') es nuestro guía, muchas cosas automáticamente se aclaran. Para empezar, se nos aclara por qué del Tractatus queda proscrita absolutamente cualquier proposición de carácter empíri­ co. No hay ninguna observación empírica en el libro. El enfoque lógico es y tiene que ser puramente formal y tener como objetivo la enunciación de los rasgos necesarios del simbolismo, así como en otro contexto generó la enumeración de los rasgos necesarios y puramente formales de la realidad, es decir, de los hechos y de sus objetos. Esto explica por qué no hay ni podremos encontrar en el libro tesis o teorías filosóficas, puesto que cualquier teoría así ten­ dría forzosamente que tener algún contenido y la perspectiva lógi­ ca de Wittgenstein lo aleja de eso. En segundo lugar, la perspectiva lógica nos ayuda a comprender de qué se ocupa Wittgenstein cuan­ do habla del lenguaje, el pensamiento y demás: él se está ocupando única y exclusivamente de la función lógica del simbolismo en general y en particular de la función lógica del lenguaje. ¿Cuál puede ser ésta? La respuesta es obvia y en la primera parte del libro él mismo proporciona los elementos para darla: la función lógica del lenguaje no puede ser otra que la representación del mundo. Ahora bien, hasta donde logro ver ni por asomo llegó nunca Wittgenstein a imaginar que esa era la única función que desempe­ ña o podría desempeñar el lenguaje. Afirmar algo así habría sido sostener algo grotescamente falso, declaradamente absurdo. Desde luego que con el lenguaje podemos contar chistes, contar chismes,

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rezar, comprar comida en el mercado, vender autos, regatear con clientes, conmover a personas, litigar, etc., pero en todos esos casos lo que lógicamente hacemos es describir la realidad. Ahora bien, la realidad es la totalidad conformada de los hechos existentes positi­ vos ("vivimos en el planeta Tierra") y por los hechos enunciados por proposiciones negativas verdaderas ("Napoleón no nació en Egipto"). Por lo tanto, decir que lógicamente la única función del lenguaje es describir la realidad significa sólo que, desde un punto de vista lógico, la función del lenguaje es la descripción o enuncia­ ción de hechos. Qué hagamos nosotros con nuestras descripciones de hechos será siempre algo totalmente particular, personal, subje­ tivo, empírico, contingente, pero ciertamente no lógico. Las aplica­ ciones del lenguaje, por lo tanto, son algo de lo que el Tractatus de entrada se deslinda, se desentiende, ignora. La lógica no sirve como guía para el estudio de lo que es contingente, sino única y exclusi­ vamente para la detección y enunciación de los rasgos necesarios de aquello que se examine. En nuestro caso es el lenguaje lo que está en juego. En lo que es su investigación lógica del lenguaje, es decir, para el desarrollo de su estudio lógico de los signos, el término clave de Wittgenstein es 'Bild', una palabra que nunca ha sido correctamen­ te traducida al español. En las tres versiones oficiales de 'Bild' al español se traduce este término como 'figura'. Por razones que he dado en diversas partes, que avancé en la Introducción y sobre las que no regresaré (entre otras cosas porque son auto-evidentes), con­ sidero que dicha traducción es grotescamente errada y, por ende, inaceptable. Mi propuesta alternativa pretende ser la respuesta acertada a la pregunta: dado que la función lógica del lenguaje es la representación de los hechos: ¿en qué consiste dicha función? La respuesta no puede ser 'figurar hechos', porque por lo menos sin advertencia de ninguna clase lo que en español eso significa es sim­ plemente 'fantasear', que obviamente no es de lo que se trata. Ciertamente no es en incitar a fantasear que consiste la función lógi­ ca del lenguaje. Lo que en cambio sí me parece que podemos afir­ mar es que dicha función consiste en algo así como "modelar hechos". En realidad, eso es lo que Wittgenstein mismo afirma, como veremos en un momento. El problema a su vez con la palabra 'modelo' no es que sea inadecuada, sino que tiene dos inconvenien­ tes. En primer lugar, es una palabra, cargada originalmente de mentalismo, que Wittgenstein tomó de la obra de H. Hertz, The Principies

o f Mechanics, y que, como en otros casos, aplicó de un modo propio, dándole un giro a la noción y de hecho generalizándola de un modo como Hertz, que fue quien la acuñó, nunca visualizó siquiera; y, segundo, existe y está en circulación la expresión 'teoría de mode­ los', que es el nombre de una rama de la lógica así como el estudio formal de diversas estructuras matemáticas (aunque también la palabra 'modelo' se usa en las ciencias empíricas sólo que de un modo ligeramente distinto). De ahí que presentar la posición de Wittgenstein en el Tractatus como englobada en la 'teoría modelo' o 'teoría de modelos' o 'teoría del lenguaje como modelos', etc., real­ mente no sería lo más apto, lo más apropiado. Con base en lo ante­ rior, propongo traducir 'Bild' como retrato y decir que la función lógica del lenguaje es retratar hechos. Evidentemente, una vez retratados los hechos podemos hacer con nuestras descripciones lo que queramos, es decir, podemos manipularlas en función de los objetivos que persigamos. Así, una vez enunciados los hechos de los que queremos hablar podemos acomodarlos de manera que la otra persona se ría o llore, se asombre o se aburra, trace inferencias a par­ tir de ellos o amenace a alguien, y así indefinidamente. O sea, la aplicación o utilidad del lenguaje es múltiple y de lo más variado, pero su función lógica es siempre la misma: retratar la realidad. Naturalmente, si la función lógica del lenguaje es retratar hechos, reales o meramente posibles, entonces lo único relevante para el estudio lógico del lenguaje son los valores de verdad: lo que lógica­ mente nos importa de un retrato es si representa correctamente una situación o no lo hace. Nada más. Que el retrato, sea el que sea, ade­ más cumpla con muchas otras funciones (gustamos, conmovernos, interesamos, entretenernos, etc.) no es incompatible con su función primordial y, desde luego y por razones más bien obvias, Wittgenstein no dice nada al respecto. Parte del problema con el término original 'Bild' es que parece una metáfora, cuando en realidad es un término técnico y que debe ser tomado al pie de la letra y en forma estricta, porque es así como lo usa Wittgenstein. Muy probablemente, es por las asociaciones a que da lugar dicho término (fundamental en la filosofía del len­ guaje del Tractatus) que prácticamente nadie ha hecho suya oficial­ mente la posición retratista defendida por Wittgenstein, pero es muy importante entender que ello se debe a algo totalmente super­ ficial, es decir, al carácter evocativo del término 'retrato'. En reali­ dad, deseo sostener que prácticamente todos los filósofos del len­

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guaje de hecho aceptan la posición de Wittgenstein, sólo que no la hacen suya oficialmente, entre otras razones porque la terminolo­ gía tractariana les resulta un tanto extraña. Mejor dicho, una abru­ madora mayoría de filósofos del lenguaje y de la lógica son tractarianos sin saberlo o sin darse cuenta o sin reconocerlo. Pero debe quedar claro que no es porque no se use la palabra 'retrato' ('Bild') que entonces no se hizo suya la posición del Tractatus. Hacia el final del capítulo ilustraré esto último con unos cuantos ejemplos con­ cretos de filósofos del lenguaje. Si tengo razón habré (de)mostrado que por lo menos en lo que a filosofía del lenguaje concierne, el Tractatus está a la orden del día.1 Queda por establecer un punto antes de presentar lo que equí­ vocamente pasó a la historia como 'Teoría Pictórica'.12 Sabemos que la función lógica del lenguaje es retratar hechos y que, por consi­ guiente, lo único que lógicamente nos interesa son los valores de verdad de las proposiciones. A esto hay que añadir la idea de que el lenguaje es la totalidad de las proposiciones. Estas tres ideas jun­ tas acarrean consigo otra que es de primera importancia: podemos sostener a priori, sobre bases estrictamente lógicas, que cualquier proposición, por compleja que sea, tiene que poder descomponer­ se en proposiciones elementales, simples, últimas, inanalizables. En un cálculo lógico, no se arranca con proposiciones cuantificadas, por ejemplo. Siempre se parte de signos primitivos y por medio de reglas se van conformando expresiones cada vez más complejas. Tiene, por lo tanto, que haber expresiones simples, a partir de las cuales se construyen otras. De ahí que las expresiones, por complejas que sean, tienen que poder analizarse. Ahora bien, si todo eso efectivamente es así, entonces debemos poder afirmar 1

Un buen ejemplo de lo que digo es Donald Davidson. Muchos trabajos de Davidson son abiertamente tractarianos, como por ejemplo "The Method of Truth in Metapysics", aunque obviamente en ellos David­ son no se limite a repetir a Wittgenstein, como no lo hace con Tarski, con Quine o con Frege. Un ejemplo paradigmático de lo que aquí afir­ mo lo encontramos en su artículo "What Metaphors Mean". El verdad, el artículo de Davidson puede ser entendido como una crítica feroz de la doctrina del uso del segundo Wittgenstein tomando como platafor­ ma la doctrina del lenguaje del joven Wittgenstein. Sobre esto regreso más abajo. 2 Como veremos, lo que es equívoco en 'Teoría Pictórica' no es 'Pictórica', sino 'Teoría'.

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que cualquier proposición, por compleja que sea, es lógicamente un retrato, es decir, es analizable en términos de retratos preposi­ cionales. Esta es la, por así llamarla, 'tesis' del carácter veritativofuncional del lenguaje: cualquier proposición genuina es una fun­ ción de verdad de proposiciones elementales. Así Wittgenstein garantiza que lo que él está ofreciendo es en efecto una concepción global del todo del lenguaje o, mejor, de todo lenguaje posible. No hay proposición genuina en ningún lenguaje imaginable que no sea un retrato o que no sea analizable en términos de retratos. * Me parece que contamos ya con los elementos fundamentales de la posición de Wittgenstein: lo que él en el Tractatus se propone damos es única y exclusivamente la visión del lenguaje a la que da lugar el estudio del simbolismo lógico; en otras palabras, la con­ cepción lógica del lenguaje. El factor fundamental en dicha con­ cepción es la idea de que la única función del lenguaje es la repre­ sentación de los hechos, lo cual significa que el lenguaje sirve para ofrecer de ellos lo que lógicamente son retratos. Desde esta pers­ pectiva, lo único relevante son los valores de verdad de los retratos y todo elemento articulado del lenguaje es o un retrato o una fun­ ción de retratos. Con estos elementos en mente ahora sí podemos pasar a exponer el núcleo de la posición enunciada en el Tractatus y que pasó a la historia como 'Teoría Pictórica'.

II) La concepción lógica del lenguaje El tratamiento wittgensteiniano del lenguaje, en alguna medida inspirado en los trabajos de Frege y de Russell, es sumamente ori­ ginal y profundo, por lo cual se requería de un aparato conceptual y de un léxico filosófico nuevos. El objetivo principal de Wittgenstein es, obviamente, dar cuenta de lo que es en general retratar un hecho (simple). Ahora bien, "retratar" es una noción sumamente amplia o general. Para empezar, retratar es algo que alguien hace; segundo, es algo que puede hacerse de muy diverso modo, mediante muy variados instrumentos, por ejemplo. Así, la idea de retrato, en conexión con la de modelo o de instrumento de medición para la realidad, a lo que en el fondo equivale es a la idea de representación. Retratar es representar o auto-representarse algo, y a la inversa. Este algo, como veremos, no puede ser otra cosa que un hecho simple. En realidad, la famosa "Teoría Pictórica" 43

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debería haber sido bautizada más bien como la 'Concepción Lógica de la Representación'. Nuestra pregunta ahora es: ¿cuáles son los elementos de dicha concepción y cómo funciona ésta? La exposición wittgensteiniana de la concepción lógica de la representación es nítida: primero se nos habla de la representación del modo más abstracto posible, de lo que es retratar un hecho en general; acto seguido se nos aclaran peculiaridades del modo lógi­ co de representarse algo, esto es, el pensar; por último, Wittgenstein formula la concepción lógica de la clase de retratos que son los que realmente nos importan, a saber, las proposiciones. Considerémoslos en ese orden.

hecho.5 Esto es importante: la representación de los hechos sólo se logra mediante hechos. Éstos podrán ser lingüísticos o mentales, pero en ambos casos son hechos. Lo que es crucial de un retrato es que es el vehículo de la repre­ sentación de algo, pero ¿cómo es ello posible? Alternativamente: ¿qué condiciones se tienen que cumplir para que algo sea un retra­ to de una situación posible? Las condiciones básicas son las siguientes: a) que los elementos del hecho retratado estén representados en eÉVetrato. Esto lo expresa Wittgenstein diciendo que "Los objetos corresponden en el retrato a los elementos del retrato".6 b) que se pongan en conexión signos y objetos. A estas conexio­ nes las llama Wittgenstein 'relaciones pictóricas'. "La relación pic­ tórica", nos dice, "consiste en las correlaciones de los elementos del retrato con las cosas".7 c) que los elementos del retrato estén ensamblados al modo como lo están los objetos del hecho retratado. En otras palabras, que tengan la misma estructura.

A) Retratos. El concepto más general en la concepción que Wittgenstein desarrolla es obviamente el de retrato. Es en 2.1 que empieza la exposición de su concepción general de la representa­ ción cuando afirma que "Nosotros nos hacemos retratos de los hechos".3 Con esto se nos está indicando que, independientemente de si la representación es un fenómeno natural o uno para el que se requieren convenciones, lógicamente lo único que nos podemos representar son hechos en el espacio lógico. Aquí lo que importa es responder satisfactoriamente a la pregunta: ¿qué se requiere para que se produzca la representación de los hechos? Esto tiene que ser entendido como preguntando acerca de cuáles son los rasgos nece­ sarios de cualquier retrato o, si se prefiere, de todo retrato posible. En otras palabras: ¿qué podemos decir de los retratos desde la perspectiva de la lógica? Con la noción de retrato aparecen otras, pues un retrato tiene que compartir con lo retratado diversos rasgos. Para empezar, el retrato es complejo y está articulado. Ahora bien, es con la noción de complejidad del retrato que aparecen las nociones de corrección e incorrección y, en última instancia, las de verdad y falsedad. Un retrato no es una mera secuencia de elementos, así como una ora­ ción no es una mera lista de palabras ni un hecho una mera yuxta­ posición de objetos. En otras palabras, todo retrato está articulado o, en palabras de Wittgenstein, "Un retrato consiste en que sus ele­ mentos se conectan entre sí de un modo determinado".4 Ahora bien, complejidad y articulación son lo que hacen del retrato un

En resumen: convenciones de qué significan los signos, correla­ ciones entre los elementos del retrato y lo retratado y estructura son los elementos necesarios para que la representación se materialice. Aquí hay que señalar que mucho de lo que dice Wittgenstein queda plenamente aclarado si se toma en cuenta lo que previamente dejó establecido sobre los hechos simples y sus componentes, i.e., los objetos. Éstos, sean lo que sean, tienen diversas posibilidades de combinación. Por ejemplo, una silla puede combinarse con lo negro, pero no con lo probable, así como el número tres puede combinarse con el ser impar, pero no con lo amarillo. La totalidad de las posibi­ lidades de combinación de todos los objetos constituyen el espacio lógico o, también, la forma del mundo. Sucede lo mismo cuando pasamos al ámbito del vehículo de la representación. Aquí, sin embargo, vale la pena señalar que Wittgenstein maneja una idea un tanto extraña, por lo menos a primera vista, a saber, la idea de que los objetos representados le transmiten a sus representantes en el retrato sus posibilidades de combinación. Estas posibilidades, natu­ ralmente, son puramente formales. El problema es el siguiente: ¿por

3 L. Wittgenstein, op. cit., 2.1. 4 Ibid., 2.14. 5 Véase 2.141.

6 L. Wittgenstein, op. cit., 2.13. 7 Ibid., 2.1514. 44

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qué no podemos decir que el número cinco es inteligente: porque decir eso es un absurdo o es un absurdo porque los objetos "cinco" y "ser inteligente" no pueden constituir un hecho puesto que no comparten posibilidades de combinación? Dicho de otro modo: ¿es el lenguaje lo que no permite que los objetos se combinen de cierto modo o es porque los objetos no se pueden combinar de cierto modo que el lenguaje no permite decir ciertas cosas?¿Qué tiene prioridad sobre qué: el lenguaje sobre el mundo o el mundo sobre el lenguaje? Quienes opinan que la columna vertebral del Tractatus es la filosofía del lenguaje, la teoría lógica de la representación (como Max Black, por ejemplo), le conceden prioridad al lenguaje y quienes piensan que lo fundamental es la ontología (como R. Fogelin) sostienen lo contrario. Así planteadas las cosas es simple­ mente imposible determinar quién tiene razón. Sin embargo, si nuestra perspectiva es correcta, disponemos de un diagnóstico nuevo que nos permite superar el dilema: ambos partidos están en un error, porque lo que está aquí en juego son los rasgos lógicos, es decir, necesarios, tanto del lenguaje como de la realidad. Desde este punto de vista no hay prioridades o si hay algo prioritario ese algo es la lógica. Como dije, Wittgenstein habría podido presentar sus pensamientos en otro orden, pero con eso no se habría alterado nada. A riesgo de proferir un barbarismo, lo que podemos afirmar es que lógicamente lo que tiene prioridad es la lógica, puesto que ésta es, como ya dijimos, la lógica del mundo y del lenguaje. En este sentido, la lógica es una condición del lenguaje y el mundo. Pero es precisamente gracias a ello que objetos y signos se transmiten mutuamente sus posibilidades de combinación. Así, al yo nombrar a algo 'perro', el signo en mis oraciones se conducirá como el ani­ mal frente a los demás objetos del mundo, puesto que por eso la palabra 'perro' quedó convertida en el representante del objeto en el simbolismo. Como puede verse, Wittgenstein toma muy en serio la idea de representación pictórica. Al hablar de estructuras implícitamente aludimos a posibilida­ des de combinación de los elementos del retrato. El que dicha estructura sea posible es lo que Wittgenstein llama 'forma pictóri­ ca' o también 'forma de representación'.8 Como veremos, forma de 8

Los traductores al español traducen 'Form der Abbildung' como 'forma de representación' y 'forma de figuración'. En esto simplemen­ te repiten lo que dicen los traductores al inglés en su primera y segun­ da versión del texto alemán. En español, es con mucho mejor primera

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representación y forma lógica no son lo mismo, pero pueden serlo. En síntesis: la representación del mundo es algo que nosotros hacemos, para lo cual requerimos de un simbolismo. Lógicamente, lo único que hacemos al emplear nuestro simbolismo (sea el que sea: flores, colores, muecas, gestos, palabras, números, etc.) es des­ cribir la realidad, es decir, retratar hechos. El lenguaje es, en algún sentido, un reflejo de la realidad.9 Las condiciones para que la representación surja son, pues, que los objetos estén representados (si me represento la silla que la palabra 'silla' aparezca), que no haya más ni menos elementos en el retrato que en el hecho retrata­ do (misma multiplicidad lógica) y que los elementos del retrato se estructuren como los elementos del hecho (isomorfismo estructu­ ral). Lo que tienen en común los objetos y sus representantes en el simbolismo es la forma de representación o forma pictórica. Con el concepto de retrato (o, si se prefiere, de representación pictórica) entran en el escenario filosófico dos nociones fundamen­ tales, viz., sentido y verdad. Lo que un retrato presenta es un hecho posible y su corrección o incorrección como retrato consiste en que corresponde o no al hecho descrito: si el hecho se da, entonces el retrato es correcto; de lo contrario es incorrecto. El sentido de un retrato es, pues, lo que dicho retrato representa. "Un retrato pre­ senta su objeto desde fuera (su punto de vista es su forma de repre­ sentación), porque el retrato presenta su objeto correcta o incorrec­ tamente".10 Si se acepta eso se sigue analíticamente algo de prime-

versión, esto es, la de Tierno Galván. En inglés, la segunda versión (esto es, la de D. Pears y B. F. McGuinness) no es mala, pues es 'pictorial form'. Pero la traducción de la segunda y tercera versiones al espa­ ñol, a saber, las de I. Reguera y J. Muñoz, por una parte, y la de Luis M. Valdés Villanueva, por la otra, es simplemente abominable, pues es 'forma de figuración'. Obviamente, esta no es más que una de las muchas consecuencias desastrosas de haber traducido 'Bild' como 'figura'. 9 La idea de reflejo es sumamente útil e interesante. No es improbable que Wittgenstein haya oído de la teoría leninista del reflejo. Aunque obviamente no hay mayores vinculaciones entre lo que Wittgenstein explica y lo que Lenin sostiene, sí hay un elemento en común (las ideas de mostrar y de reflejar) que no se tiene por qué desconocer, porque inclusive si no es mayormente explotable de todos modos es intere­ sante. 10 L. Wittgenstein, op. cit., 2.173.

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ra importancia para la filosofía en todas sus ramas, a saber, que "No hay retratos verdaderos a prior i" .n Salta a la vista, supongo, que este corolario es de consecuencias filosóficas mayúsculas, puesto que lo que se nos está diciendo es que, por razones de lógi­ ca, es falso que haya proposiciones sintéticas a priori, "verdades conceptuales", verdades necesarias cargadas de contenido, etc., etc. Con base en la perspectiva lógica del lenguaje mucho de la filoso­ fía del lenguaje estándar simplemente se derrumba. Con esto disponemos ya de un elemento importante de la teo­ ría general de la representación, a saber, la por así llamarla 'teoría del retrato' (a sabiendas de que por comodidad nos expresamos incorrectamente al usar 'teoría' en este contexto). Podemos ahora pasar a las consideraciones sobre la representación mental y la representación lingüística, en sentido estricto.

guaje del que nos ocupamos sea mental o público, lo que realmen­ te importa es que de todos modos lo que en esos casos se hace es, una vez más, retratar hechos. El dictum del Tractatus es en este sen­ tido claro a más no poder: "El pensamiento es un retrato lógico de los hechos".14 En otras palabras, la concepción lógica de la repre­ sentación vale por igual para el lenguaje y para el pensamiento. La diferencia entre hablar y pensar es que en un caso usamos retratos lingüísticos y públicos, en tanto que en el otro retratos mentales y privados, pero en ambos casos hacemos lo mismo, es decir, retrata, mos hechos. Lógicamente, no hay otra forma de representarse el mundo. Con lo que Wittgenstein dice con relación al pensamiento toca­ mos fondo. Es cierto (desafortunadamente!) que en el Tractatus Wittgenstein es todavía un cartesiano, un fregeano y un russelliano (mas no un platonista). El libro, como ya argüimos, es un libro escrito en primera persona, es decir, toda consideración referente a comunidades lingüísticas, convenciones sociales, formas de vida, etc., están ab initio descartadas. Ahora bien, lo fundamental del pensamiento no es su naturaleza extraña (mental, interna, de acce­ so privilegiado, etc.), sino el que no pueda gestarse más que "lógi­ camente". O sea, lo que es internamente incongruente, incompren­ sible, absurdo es la idea de pensamiento ilógico. No hay tal cosa. "No podemos pensar nada ilógico, porque para ello tendríamos que pensar ilógicamente".15 Pero, a riesgo de plantear una pregun­ ta absurda, preguntémonos: ¿cómo sabemos que no podemos pen­ sar ilógicamente? Es claro que en una filosofía en la que la guía es la lógica a través del estudio de su simbolismo el recurso a cosas como introspección, intuición, inspiración, etc., está de entrada descartado. Lo único que podemos decir es que la expresión de un pensamiento absurdo es un retrato, una proposición ininteligibles. Pretender tener pensamientos ilógicos es como pretender construir un puente basándose en una pintura de Escher. Wittgenstein expo­ ne la idea de dos maneras diferentes. En 3.031 afirma: "Solía decir­ se que Dios podía crear todo, salvo lo que fuera contrario a las leyes de la lógica. La verdad es que no podríamos decir cómo sería un mundo 'iló g ico '".16 O sea, la arena en donde se dirime la cuestión de si un pensamiento es ilógico o no es forzosamente el lenguaje. Y

B) Pensamiento. Afirmé más arriba que forma de representación o forma pictórica y forma lógica pueden coincidir o no. Antes de descartar por ininteligible lo que se nos dice tratemos de compren­ derlo. Ya sabemos que en cualquier simbolismo operante, en cual­ quier lenguaje, la forma de representación es algo que retrato y hecho comparten. Pero el punto importante aquí es que aparente­ mente uno puede auto-representarse el mundo, reflejarlo en el pen­ samiento, sin para ello tener que recurrir a un simbolismo artificial o convencional. Es cuando uno piensa en el mundo, cuando uno se auto-representa hechos, que la forma pictórica es la forma lógica. Lo que tenemos entonces, obviamente, son retratos lógicos. "Si la forma de representación es la forma lógica, entonces al retrato se le denomina un retrato lógico".1112 Se supone, por otra parte, que en la medida en que elaboramos y empleamos retratos de manera cons­ ciente, no como autómatas, como máquinas o como pericos, es por­ que pensamos lo que decimos. De ahí que "Todo retrato es también un retrato lógico".13 Lo que está diciendo Wittgenstein es, pues, que pensar es auto-representarse el mundo por así decirlo "inter­ namente", dan ganas de decir "cartesiana o platónicamente", y muy probablemente en lo que sería una lingua mentalis, un lengua­ je del pensamiento. Ahora bien, independientemente de que el len­

14 Ibid., 3. 15 Ibid., 3.03. 16 Ibid., 3.031.

11 Ibid., 2.225. 12 Ibid., 2.181. 13 Ibid., 2.182.

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en el Prólogo escribe: "Este libro quiere pues, también, trazar un límite al pensamiento o, mejor dicho, no al pensamiento, sino a la expresión del pensamiento. Puesto que para trazar un límite al pensamiento tendríamos que poder pensar ambos lados de dicho límite (y tendríamos por consiguiente que poder pensar lo que no se puede pensar). Por lo tanto, este límite sólo puede trazarse en el lenguaje y todo cuanto quede del otro lado del límite será simplemente un sinsen­ tido."17 Es evidente que para la investigación que Wittgenstein desarro­ lla en torno al pensamiento simplemente no son relevantes resulta­ dos de psicología, de neurofisiología y muy probablemente (pace Fodor) ni siquiera de computación. Qué pase en el cerebro cuando uno piensa es una cuestión distinta de en qué consiste pensar. Acerca de lo primero los científicos van avanzando lentamente, a traspiés, y nos van transmitiendo poco a poco sus descubrimientos sobre distintas áreas de la corteza, el reparto en el cerebro de las diferentes funciones del organismo y demás. Nada de esto, sin embargo, tiene que ver con la cuestión de qué sea pensar y debería ser obvio que una investigación empírica no puede arrancar antes de que los conceptos involucrados estén debidamente aclarados y mucho me temo que el concepto de pensar tal como lo manejan los neo-cartesianos, los cognitivistas y otros metafísicos no lo esté sufi­ cientemente. En todo caso, nosotros sí disponemos de un dato seguro y decisivo: sabemos que lógicamente pensar es construir retratos mentales de los hechos y que no puede haber pensamien­ tos ilógicos. Con esto llegamos a un punto final en lo que a investi­ gación lógica del pensamiento concierne. C) Proposiciones. Es con lo que Wittgenstein tiene que decir sobre las proposiciones que culmina lo que hemos identificado como la "concepción lógica del lenguaje". La posición de Wittgenstein es no sólo sumamente original, sino sorprendente aclaratoria. Es relati­ vamente claro que en este caso uno de sus objetivos es refutar de una vez por todas teorías de las proposiciones como las construi­ das por Frege y por Russell. Para Frege, lo que en la filosofía del lenguaje usual se entiende por proposición es lo que él llama un 'pensamiento' (Gedanke), es decir, el sentido de una oración (nom­

bre complejo). Un pensamiento es para Frege algo real, sólo que abstracto, de carácter lógico, eterno, inmutable. Para el Russell de Los Principios de las Matemáticas (1903) las proposiciones no son meramente lingüísticas, sino que contienen "términos", es decir, entidades. Las proposiciones son para él como los hechos, pero no pueden ser totalmente identificables con ellos puesto que no puede haber hechos falsos, como si puede haber proposiciones falsas. Es relativamente claro que en ambos casos nos las habernos con gran­ des construcciones de mitología filosófica, impresionantes desde muchos puntos de vista pero no por ello menos desorientadas y absurdas. El Tractatus, creo, acaba con esta clase de construcciones. Veamos rápidamente cómo. Comencemos con el lenguaje, tal como lo conocemos. Lo que en el lenguaje es un retrato es una oración. Cualquier oración bien for­ mada es un retrato de un hecho posible y, por consiguiente, cum­ ple con todos los requerimientos que las elucidaciones sobre la representación imponen. Al retrato lingüístico lo llama Witt­ genstein 'signo proposicional'. Parecería obvio que si uso un retra­ to proposicional no lo uso a tientas y a locas sino que pienso su sen­ tido, es decir, me lo auto-represento. El pensar dicho sentido es "proyectarlo". Wittgenstein habla del pensar como siendo un "método de proyección". Pensar y pensamiento, claro está, no son lo mismo. Un pensamiento es un retrato psíquico o mental, en tanto que pensar es la actividad de conectar elementos del retrato (sea el que sea) con los elementos del hecho representado. Cuando uno dice algo uno transmite su pensamiento, es decir, su retrato, pero eso no se hace por telepatía sino vía el signo proposicional. Con esto llegamos a la importante noción de proposición. Desde la perspectiva lógica del lenguaje, una proposición no es una entidad abstracta: es simplemente el retrato lógico de hecho pensado y plasmado en una oración o signo proposicional que de hecho se aplica o emplea. Una proposición es eso que se dice, para lo cual se requiere que el sentido del retrato sea pensado. Dado que "una proposición es un signo proposicional en su relación proyectiva con el mundo",18 se sigue que efectivamente "En una proposición un pensamiento se expresa en forma perceptible por los senti­ dos".19 Las proposiciones son los vehículos para o de los pensa18 Ibid., 3.12. 19 Ibid., 3.1.

17 Ibid, Prólogo.

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mientos, esto es, son los retratos lógicos pensados y plasmados en signos proposicionales usados por alguien que comprende sus sen­ tidos. Desde esta perspectiva ya simplemente no hay cabida para fantasmagóricos y fantásticos entes como lo son las proposiciones en su sentido clásico. Si nos fijamos bien, la concepción tractariana de proposición es algo así como el Neanderthal del Homo Sapiens que sería la ulterior noción de movimiento en el juego de lenguaje. Lo que a partir de estas secciones Wittgenstein hace es extraer las consecuencias para las proposiciones de ser retratos. El lenguaje es la totalidad de las proposiciones20 pero, puesto que así nos lo indica el lenguaje canónico de la lógica, sabemos a priori que tiene que haber proposiciones últimas, simples, inanalizables. A éstas las de­ nomina Wittgenstein 'proposiciones elementales'. Afirma Wittgens­ tein: "Inclusive si el mundo fuera infinitamente complejo, de mane­ ra que cada hecho se compusiera de infinitamente muchos hechos simples y que cada hecho simple se compusiera de infinitamente muchos objetos, de todos modos tendría que haber objetos y hechos simples".21 Así, cuando una proposición es completamente analiza­ da, lo que tenemos es un conjunto de proposiciones elementales, las cuales se componen de "nombres". "Los signos simples empleados en las proposiciones se llaman 'nombres'".22 Aquí Wittgenstein introduce su teoría del significado para las proposiciones elementa­ les: "Un nombre denota un objeto. El objeto es su significado".23 A grandes rasgos, todo lo que se dijo sobre el pensamiento y los retra­ tos en general se aplica, mutatis mutandis, a las proposiciones. Las elucidaciones de Wittgenstein sobre las proposiciones con­ forman un grupo de pensamientos que alcanzan grados muy eleva­ dos de refinamiento y aclaración. Es evidente que las proposiciones son los retratos realmente importantes, porque ellas no sólo mues­ tran sus sentidos, sino que dicen que las cosas son así y asá. Si digo 'Buenos Aires está al sur de Tucumán', mi signo proposicional mues­ tra que Buenos Aires está al sur de Tucumán y además lo dice. Lo muestra por la sencilla razón de que en el retrato Buenos Aires está al sur de Tucumán, 'Buenos Aires' está antes de 'está al sur de' y 'Tucumán' después y eso es precisamente lo que la proposición afir­ ma. O sea, hablar de mostrar en este caso no es pretende constituir 20 21 22 23

Véase 4.001. Ibid., 4.2211. Ibid., 3.202. Ibid., 3.203.

ningún mensaje esotérico, sino simplemente tomarse en serio la idea de retrato de manera que podamos describir minuciosamente el fun­ cionamiento lógico o pictórico de nuestro lenguaje. Por otra parte, es importante señalar que tanto objetos como nombres son todos de un mismo tipo lógico. Es por consideraciones lingüísticas que represen­ tamos ciertas cosas mediante minúsculas en tanto que otras sólo mediante mayúsculas. Siguiendo con nuestro ejemplo, tanto Buenos Aires como Tucumán como el estar al sur de son objetos, los cuales embonan unos con otros como los eslabones de una cadena para constituir un hecho. Ahora bien, es obvio que no podemos expresar esto como 'arb', pero no porque Y designe algo diferente en tipo lógico de los objetos (una relación), sino simplemente porque así for­ mulado el signo proposicional pierde su multiplicidad lógica; eso sería como tener una lista de nombres y no estaríamos diciendo lo que queremos decir. Tenemos, pues, que decir 'aRb'. El problema con esto es que sugiere automáticamente que nos las estamos viendo con objetos de tipos lógicos diferentes, pero eso es un error de lectura del carácter lógico-pictórico de la expresión. Tanto'a', como ‘b’ como 'R' son nombres y todos ellos denotan objetos. En el Tractatus la signifi­ cación está esencialmente (lógicamente) vinculada al referir, por lo que en los tres casos el significado está vinculado a la denotación o la referencia, pero es porque 'a' está a la izquierda de 'R' y ‘b’ a su derecha que 'aRb' dice que a está en una relación R con b y al mismo tiempo lo muestra. En palabras de Wittgenstein: "No: "El signo com­ plejo 'aRb' dice que a está en una relación R con b", sino:"Qu
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